Vecina elabora muñecos que ayudan en el duelo

Vecina elabora muñecos que ayudan en el duelo

Una trágica pérdida en la familia Loaiza Arango marcaría un antes y un después en su forma de ver la vida y entender la muerte, haciendo que una de sus integrantes transformara el dolor en puro amor.

Muñecos elaborados con ropa de personas fallecidas. Foto Edwin Bustamante.

Muñecos elaborados con ropa de personas fallecidas. Foto Edwin Bustamante.

El 23 de octubre de 2013 una fuerte lluvia azotó la zona sur del Valle de Aburrá. Andando en su motocicleta, Juan Diego Loaiza Arango fue atrapado por el aguacero y decidió bajarse del vehículo mientras escampaba.

Se dirigía del colegio Cumbres de Envigado, institución donde era profesor de literatura y filosofía, hacia su casa, pero al encontrar la vía cerrada tomó un desvío para detenerse y esperar a que disminuyera la tempestad.

Como un evento desafortunado de esos que no pueden ser evitados un árbol se precipitó sobre Juan Diego. El impacto le quebró la pelvis, la pelvis le cortó la vena femoral y rápidamente murió desangrado.

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La noticia abatió por completo a su familia y a la comunidad estudiantil de Cumbres, lugar donde fue velado por cerca de 2.000 personas entre alumnos y padres de familia.

María Isabel Loaiza, hermana de Juan Diego, relata que la dinámica de la familia cambió radicalmente, “al principio evitábamos reunirnos porque eso propiciaba el dolor de pensar que faltaba él, pero estudiando un poco más la muerte empecé a verla de una manera diferente”.

Como su hermano era filósofo y escribía bastante, en conjunto con varios docentes que le dieron clase en la Universidad Pontificia Bolivariana recopilaron sus textos en un libro titulado “Las últimas lágrimas del guerrero”. Un epílogo de su vida y obra.

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En el prólogo, el texto menciona que desde nuestro nacimiento tenemos asignada una cita por cumplir, única, perteneciente a cada uno e imposible de aplazar, modificar o negociar…La muerte.

Dicha obra literaria reúne reflexiones, poemas y anotaciones propias del pensamiento de Juan Diego, un licenciado en filosofía y letras que era amante de los comics y el cine y que se había dedicado buena parte de su existencia a desarrollar en los niños y jóvenes el amor por la lectura.

En el primer aniversario de su muerte fue incluida en la revista escolar una dedicatoria llamada “Cuando un amigo se va”. El escrito, elaborado por sus estudiantes relata que poco antes de su inesperada pérdida Mr. Loaiza había organizado la feria del comic con los alumnos de séptimo grado.

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Aquello que empezó como un proyecto de clase para trabajar las mitologías modernas, terminó convirtiéndose en todo un acontecimiento en el colegio, y sin pensarlo si quiera, en una especie de despedida de la mano de quienes tanto amaba: los superhéroes.

Para la madre de Juan Diego o ‘Loa’, como solían decirle algunas personas, fue tan difícil asimilar esta ausencia que desarrolló una demencia senil que luego se convertiría en alzheimer, haciendo que borrara totalmente a su hijo derivado de ese duelo que se genera por una muerte inesperada.

“Con el tiempo uno empieza a ser consciente de que la muerte es un proceso más de la vida y es que ¿en qué familia no hay un muerto? pero le tememos tanto que por eso nos llenamos de trabajo, obligaciones y cosas que nos quitan tiempo, como corriéndole para que no nos alcance pero es la única realidad que tenemos”, argumenta María Isabel.

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Muñecos elaborados con ropa de personas fallecidas. Foto Edwin Bustamante.

Esta vecina de la Loma del Esmeraldal, acostumbrada a ser muy trabajadora renunció a su empleo y optó por aprovechar el tiempo con sus dos hijos y dedicarse a su familia. La idea de no guardar nada para mañana venía reforzada con el propósito de vivir el hoy.

Al llegar el momento de desocupar el closet de Juan Diego y repartir la ropa, María Isabel estaba devastada. Se quedó con una camisa gris que él le encantaba pero al verla recordaba su imagen y se agobiaba, así que consideró botarla.

Entre tanto, le hizo un muñeco en forma de oso a su hijo Simón con la prenda de vestir y aquello le sirvió como una especie de catarsis.

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Foto Cortesía.

Foto Cortesía.

La noción de Juan, el cuarto de cinco hermanos, el niño callado y pensativo, el adolescente libre y rebelde, el soñador que siempre cargaba en sus ojos verdes el afán de la aventura y en sus manos las infinitas posibilidades del camaleón, se fue resignificando poco a poco.

El peluche se volvió una figura muy querida y hasta popular, porque cuando falleció otro familiar a María Isabel le encargaron otro muñeco.

A punta de voz a voz, las personas que perdían a sus seres queridos se animaban a contactarla para que les cosiera muñecos con las camisas de los fallecidos. “Todas las personas tienen una historia, he hecho muñecos de niños, jóvenes y adultos y me he dado cuenta de la necesidad que existe entre sus familiares de contar qué pasó”, afirma Loaiza.

 

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Gracias a sus habilidades a la hora de coser y el aprendizaje adquirido a raíz de la muerte de su hermano, esta vecina comenzó a ayudar a otras familias a trascender lo doloroso de ese momento en algo bonito.

Cuando entrega un muñeco siente paz y al momento de diseñar el siguiente comprende que cada figura representa a la persona que se homenajea. Incluso, comenzó a bordar frases que decía la persona y hasta su mismo nombre.

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“En la época más dura del covid-19 hice muñecos con la funda de almohadas de las clínicas”, recuerda María Isabel, a quien también le han encargado muñecos de bebés que están a punto de nacer.

A lo largo del tiempo ha cosido más de mil muñecos, muchos de ellos de personas que se han suicidado o han muerto de manera accidental. Ella recuerda valiosas anécdotas como la de una niña de 5 años a la que su madre se le murió y por motivo de esa pérdida la pequeña no podía dormir bien. Sin embargo, luego de recibir un osito con la ropa de su madre no volvió a tener problemas de sueño pues se arrullaba abrazada a ese recuerdo.

 

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Ha hecho muñecos con camisas, pijamas, vestidos y fundas de almohadas para diseñar osos, jirafas, elefantes y caballos. Para ella es terapéutico y asegura que la mejor manera de curar un duelo es con el tiempo, “hablar y dejar que el tiempo pase ayuda a sanar esa pérdida, no es que se olvide sino que uno se acostumbra a vivir sin la persona”.

Este emprendimiento que surgió de forma imprevista fue nombrado Tía Ceci Muñecos, en honor a la tía que le enseñó a coser a María Isabel, una vecina que reitera que vinimos a este mundo a aprender y dar amor porque al final no nos llevamos nada, solo queda aquello que dejamos en las personas.

 

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Por Michelle Acevedo Vélez
michellea@gente.com.co

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