“Mi viejo se fue tranquilo”

Mi viejo se fue tranquilo

“Mi viejo se fue tranquilo”

El 13 de marzo, Belén despidió a Leonel Villa, dueño del tradicional Club de Los Tranquilos. Un vecino alegre y servicial. Paz en su tumba.

Todo el que llegaba al Club de Los Tranquilos se topaba con una cerveza fría, una sonrisa y un apretón de manos. Leo era uno de los vecinos más queridos del barrio, un amigo alcahuete e incondicional que siempre tenía un buen consejo ¡Ah, cómo lo vamos a extrañar!

El hombre de camisas coloridas y zapatos que hacían juego, nunca anotó en el papel lo que se consumía en cada mesa, él mantenía las cuentas claras en su memoria, además ya se había ganado el respeto y la confianza de los clientes. Por eso cuando algún borracho se ponía pesado, él era el único que podía sacarlo. Al otro día llegaban apenados a pedirle perdón.

Leonel Villa, o Leo, como le decían sus conocidos, fue el tercero de 8 hijos. Nació en Pueblo Rico, pero lo trajeron a Medellín en el 62, cuando tenía unos 4 años de edad. Prácticamente creció dentro del bar, porque ese mismo año Octavio, su papá, montó una especie de legumbrería, tienda y cafetería sobre la calle 30A, en pleno parque principal de Belén, el único barrio de la época que, según Mario, uno de sus hermanos, todavía parecía un pueblo.

Con la complicidad de la noche, todos los días el negocio se transformaba en un espacio de encuentro para compartir unos tragos entre amigos. En 1977 fue bautizado como el Club de Los Tranquilos, por hacerle homenaje a una de las expresiones célebres de don Octavio, “todos tranquilos, tranquilos” y a lo calmado del lugar.

Tiempo después se fueron para un local en la 30 con 76A, donde todavía permanecen. Con la muerte de su papá, en el 83, Leonel asumió el manejo del negocio. Ahí estuvo de lleno por más de 3 décadas y trabajó hasta el último día.

“Fue un hombre de hierro, durante 7 años convivió con un cáncer en la garganta hasta que se lo llevó. Venía todos los días aunque fuera un par de horas: ‘Si me están haciendo quimioterapias es porque todavía hay material’, decía, cuando se le reprochaba su insistencia en no dejar de lado a Los Tranquilos”, cuenta Mario.

El club era su templo. No consentía nada con ese lugar. Mantenía los baños impecables, el piso reluciente y cada que podía sacudía su colección de cervezas. Los tragos tenían un orden, todas etiquetas debían estar mirando hacia el techo. Así todavía permanencen.

Un mes antes de despedirse, le entregó todos los tips y las mañas de los clientes a Mario, era como si presintiera su muerte, aunque con Marcela, su esposa había quedado de hacer un viaje a Necoclí en unos días.

“Era el hombre más detallista sobre la tierra. Fue el mejor padre, esposo, hijo y hermano. A su lado fui la mujer más feliz de la vida. Le entregué mi niñez, mi adolescencia, mi juventud y mi vejez, porque desde que jugábamos juntos cuando éramos niños supe que me quería casar con él. Era mi sueño… No pensé que se me fuera a ir tan rápido, porque él era fuerte, aún muriendo me decía que no me preocupara. Mi viejo se fue tranquilo y así quedé yo“.

Por Dafna Vásquez
dafnav@gente.com.co

Fecha

Abril 1, 2019

Tags

bar, belén, club, Club de Los Tranquilos, comerciante, fallecimiento, los tranquilos, Medellín, muerto