Las damas de los jardines se reúnen en El Poblado

Las damas de los jardines se reúnen en El Poblado

Las damas de los jardines se reúnen en El Poblado

Este grupo de 28 aficionadas se ha dedicado a fomentar la protección y la conservación de los recursos naturales. Conozca sobre lo qué hacen y cuál es su propósito.

El Club de Jardinería El Poblado fue creado el 23 de noviembre de 1993 por 10 señoras, entre ellas Cristina Ospina, “todas estábamos en el Club de Jardinería de Medellín, pero como la mayoría éramos jueces y vivíamos en la zona sur de la ciudad resolvimos reunirnos acá y conseguir más gente”.

Hoy en día son 28 socias, todas mujeres, ya que por estatutos internos de la corporación está prohibida la admisión de hombres. Sin embargo, pertenecer al género femenino no es la única condición para ingresar, “pues al ser un grupo de amigas es cerrado, pero si alguien quiere ser miembro, debe hacer una solicitud escrita y tener la recomendación de por lo menos 2 integrantes del club”.

De acuerdo con Lucrecia Sanín de González, que lleva más de 20 años en esta asociación, este espacio, a pesar de que hay personas de todas las edades y profesiones, “se ha convertido en un actividad muy concurrida por las personas que han terminado su vida laboral y quieren hacer algo distinto; no es que todas hayan amado las plantas desde siempre”.

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El club, afiliado a la Asociación de Corporaciones de Clubes de Jardinería de Colombia y al National Garden Clubs Inc, además de organizar exposiciones con temas ecológicos, de horticultura y diseños florales, estimula y difunde sus conocimientos sobre el medio ambiente para fomentar la protección y la conservación de los recursos naturales.

“Les apostamos más que todo a los niños, a que siembren y amen la naturaleza”, dice Teresita Mora de Botero, presidenta del Club de Jardinería El Poblado, mientras que asegura que por eso fue que crearon la campaña “Cuidemos nuestros árboles, juguemos en el bosque”, con la que han impactado a cerca de 400 menores.

De igual forma, este grupo de aficionadas vela por el cuidado y la protección de los árboles nativos, “hay unas que se encargan de hacer los semilleros y otras que los siembran. En este momento, por ejemplo, hay unos 200 plantados, entre ellos, cedros de altura y pinos romerón”.

El primer jueves de cada mes estas señoras tienen una reunión informativa y cada 15 días reciben talleres sobre ecología, cultivo de plantas, artes botánicas, entre otros temas afines. Ellas consideran que es necesario tener una formación constante, por eso también hacen investigaciones comunitarias, cursos externos e intercambio de conocimientos entre ellas mismas. Cada una tiene su especialidad, algunas son especialistas en diseño y otras en botánica, son un complemento.

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Las plantas son sus hijos
La primera ecologista que Teresita conoció fue su propia madre y, como lo que se hereda no se hurta, ella le siguió los pasos. Apenas se jubiló como instrumentadora quirúrgica se dedicó a las plantas y ahora tiene su propio bosque a las afueras de la ciudad.

Lo mismo le pasó a Margarita Rosa Echavarría, que hoy en día no sabe cuántas matas tiene, “unas 750 quizá”. Sus días giran alrededor de ellas y de esa afición que a veces le impide decir no cuando alguien quiere venderle o regalarle otra. “Una nunca es suficiente, por eso cada que voy de viaje traigo alguna especie”. Y confiesa que esa pasión aumentó hace 5 años, que entró al Club de Jardinería El Poblado.

Su pequeño paraíso, con microclima incluido, está en una terraza gigante, de esas que escasean cada vez más en las nuevas edificaciones. Ahí tiene anturios, curazaos, orquídeas, cactus, dracenas, helechos, brevos, crasas, bonsáis, bromelias, entre otras plantas que la han hecho ganar más de un concurso.

Lo primero que Margarita Rosa hace en las mañanas es ir a hablarles, pero no solo las admira, también las regaña: “Póngase, pues, bien bonita o salgo de usted”, y como si fuera una sentencia, a los pocos días florece.

Y es que si de cuidados se trata, dice Lucrecia, las plantas son las más demandantes, “ellas porque son muy hermosas, pero hay que cuidarlas más que a los hijos. Te piden comida, cariño y trabajo, mejor dicho, son unas pedigüeñas, hay que pasarles por el lado para preguntarles cómo van, pero lo mejor de todo es que te responden: “Me estoy poniendo amarilla, mirá a ver qué me pasa, tócame a ver si tengo gusanos, necesito menos sol”.

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Por Dafna Vásquez
dafnav@gente.com.co