“Lo más seguro es que fui relojero en otra vida”

Lo más seguro es que fui relojero en otra vida

“Lo más seguro es que fui relojero en otra vida”

En Belén San Bernardo (Medellín) corre el rumor de que Gustavo Guzmán Cartagena arreglaba relojes desde que tenía 2 años. De hecho, hay una foto que lo corrobora. Aunque cuando a él se le pregunta, suelta una carcajada: “La verdad, eran más los que dañaba“.

Juan, su abuelo paterno, fue el primer relojero de la familia. Empezó a mediados de los años 70 y desde entonces se empeñó en enseñarle sus habilidades a su hijo, para que este oficio jamás desapareciera.

Después, el turno fue de don Gustavo, y él también, como todo buen aprendiz, se hizo maestro. Casi que a diario le entregaba herramientas, piezas y relojes a Gustavo, su pequeño hijo, para que jugara, o mejor, para que se enamorara de las manecillas, el cristal, el tren de encaje, el bisel y toda esa magia que ocurre cuando un aparato marca la hora.

Al principio, el niño solo le ayudaba a poner las pilas o a coger tornillo por tornillo con una pinza para afinar el pulso. A los 8 años de edad armó y desarmó su primer reloj, un automático de 100 piezas. Se hizo oficialmente ayudante del taller. Ese triunfo, dice, le supo a gloria, “pero todos tenemos esos momentos en los que nos preguntamos si de verdad eso que amamos y que hacemos con tanta pasión es lo de nosotros… Por eso, luego de mucho pensarlo, tomé otro camino”.

Apenas terminó el bachillerato, le expresó a su padre su afán por estudiar Administración de Empresas y estar en un lugar afín a esa profesión. Cuando obtuvo el título, consiguió trabajo en Bancolombia. Sin embargo, en 2015, justo en su momento de mayor estabilidad, su papá le contó que tenía cáncer, que estaba en la quiebra y que tenía que vender la relojería.

“Entré en un dilema, porque a mí lo que realmente me hace feliz y me llena es explorar un reloj por dentro, arreglarlo y verlo funcionar… La vida me puso a elegir y sin mente le dije: ‘Vamos para delante’. Así que renuncié al banco e hice un préstamo y todo el mundo pegó el grito en el cielo”.

Desafortunadamente su padre murió, pero le quedaron el recuerdo y la satisfacción de haber sacado adelante un sueño que durante esos últimos años de vida fue compartido. Fénix Relojería, tal y como el ave, resurgió de las cenizas. Su especialidad hoy son los relojes originales y antiguos (de pared, de mesa y de pulso). Ahora es un negocio próspero, Gustavo tiene 2 ayudantes: su mamá y un joven que alguna vez fue su cliente, y al mes reparan cerca de 1000 relojes.

Para arreglar un reloj, según Gustavo, se necesitan destrezas como precisión, perspicacia, buena visión y mucha, pero mucha, intuición, “porque como es tan pequeño, a veces uno tiene que detectar, de la nada, dónde está el daño y eso uno lo aprende con los años, aunque, en mi caso, lo más seguro es que fui relojero en otra vida”.

Por Dafna Vásquez
dafnav@gente.com.co

Fecha

Octubre 22, 2019

Categoría

Belén, Emprendedores, Gente

Tags

belén, belén san bernardo, Medellín, oficio, reloj, relojero