Estos vecinos de Envigado muestran con orgullo sus antiguas casas familiares

Casas antiguas en Envigado

Estos vecinos de Envigado muestran con orgullo sus antiguas casas familiares

Nos montamos de nuevo en la máquina del tiempo para realizar un especial recorrido por el municipio de Envigado, donde el desarrollo urbano contrasta con aquella historia que aún se niega a morir. Como si abriéramos el libro de los recuerdos, así nos dan la bienvenida en estas casas antiguas, en donde no solo se conserva su arquitectura sino también aquellas familias que guardan su tradición como el más preciado tesoro.

Portón de la casa de los Arango. Foto: cortesía

Una loma en Rosellón no nos da mucho tiempo para pensar. Miramos a mano derecha, subiendo por aquella pendiente… y allí estaba, una casa tradicional que contrasta con las demás viviendas. Nos parqueamos como pudimos a un costado de la empinada calle. Se trata de la propiedad de los Arango, construida hace 80 años. “El primer propietario de esta casa fue el señor Luis Enrique Arango Calle. Años más tarde se la heredó a la señora Leonor Arango Álvarez, que después pasó a manos de su hermana, Inés Arango. Con el paso del tiempo, la siguiente generación de nietas y bisnietas ya se apropia de esta casa y son ellas las actuales dueñas: Beatriz y Juana Correa”, explica Jheyr Echeverry, quien habita en esta propiedad.

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Así luce actualmente la casa de los Arango. Abajo, Inés Arango y Esteban Correa Palacio.

Pasamos de página con una sensación inexplicable. Sabíamos que nos esperaba la nostalgia, producida por los relatos de estas personas, que hoy en día viven tranquilas en las casas que algún día fueron el espacio para jugar y compartir con sus padres. Tal es el caso de doña Nelly Noreña, de 82 años de edad, quien nos cuenta con alegría sobre su actual casa, ubicada en el barrio Jesús de la Buena Esperanza. “Acá he vivido toda la vida, es decir que esta casa tiene cerca de 90 años.

Acá vivieron mis padres y cuando ellos murieron yo heredé esta propiedad, donde la paso muy tranquila al lado de mi esposo. Recuerdo que esto era rodeado de puros cafetales y por eso tiene un gran significado para mí”.

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La vecina Nelly Noreña recuerda su infancia en esta casa. Fotos: Daniel González Jaramillo

Y como si nos estuviera esperando, allí, de pie en el corredor de su casona, recostada sobre una columna, doña María Débora Cardona Velásquez nos mira con esa ternura de abuelita que a cualquiera encantaría. Nos ubicamos en el barrio El Salado. “Acá vivo hace más de 70 años, imagínese cuántos años tendré yo (risas)”. Dice con orgullo que esta casa tiene cerca de 90 años y que se conserva intacta. Además, como buena conversadora, nos lanza esta perla… “Yo fui muy inteligente y nunca me casé ni tuve hijos. Vivo con un hermano”. Si fuera por doña María Débora, ahí nos quedaríamos tomándonos un ‘tintico’, pero el recorrido tenía que seguir.

María Débora Cardona se considera una mujer muy inteligente al no casarse ni tener hijos.

Cuadras más arriba, como si entráramos en el más tranquilo de los barrios, está la casa de los Garcés. Allí se siente aún esa energía de familia que trata de permanecer, a pesar de la ausencia de los padres. “Aquí fue donde nos levantaron a todos los hijos, 15 en total. Mis papás siempre vivieron acá, nunca se cambiaron de casa, que tiene alrededor de 80 años“, dice Fabián Adolfo Garcés, uno de los hijos. Asegura también que se siente el vacío que dejaron sus papás, Esther Julia Velásquez y Jairo de Jesús Garcés, quienes fallecieron hace 6 años, en una diferencia muy corta de tiempo.

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Fabián Adolfo Garcés muestra con nostalgia la foto de sus padres, Esther Julia y Jairo de Jesús.

Como si no le pasaran los años, tanto a la casa como a don Iván, ahí estaba, como un retrato, sentado en su corredor, apreciando el panorama. Llegamos al barrio Chinguí, a la casa de los Torres Torres, así, con doblete y todo. “Vivo acá hace 50 años, no más esa ‘bobadita’ (risas). Fueron 8 hijos que ya se fueron, solo queda una acá conmigo”, comenta don Iván, como si nos conociera de toda la vida. “Yo vine de Santa Rosa de Osos a los 18 años a buscar suerte y conseguí trabajo en la fábrica de textiles de Rosellón, en donde trabajé por 38 años. Eso me dio la posibilidad de construir esta casita y vivir con mi esposa, que en paz descanse”.

Iván Torres Torres recuerda que trabajó en la fábrica de Rosellón por 38 años.

Don Iván no nos quería dejar ir, pero este libro tenía otra página por contar. Nos trasladamos hasta la Loma de los Benedictinos, en la frontera con El Poblado, donde una casa en especial llama la atención.

Edificios de lado y lado y una loma de alto flujo vehicular nos ensordecía… pero no importaba. La casa de los Vasco es terapéutica, se olvida uno del bullicio que zonas como esta nos trae. Afuera, un letrero que dice “Se venden cremas”, de esas de ‘palito’, de las que ya no se ven y vendían en nuestros barrios.

“Esta casa tiene cerca de 90 años y acá hemos vivido desde que mi papá y mamá se casaron. Ya ellos murieron y quedamos 17 hijos, de los que desafortunadamente ya perdimos 4″, cuenta María Elvia Vasco, descendiente de esta reconocida familia. “Esto por acá era pura manga con una carretera pequeñita y destapada, no se veía nada más… solo tranquilidad”.

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María Elvia Vasco nos cuenta que por su casa solo pasaba una pequeña carretera destapada.

Y probando las cremas de los Vasco, deliciosas, por cierto, finalizamos el recorrido. Nos quedan más páginas para registrar otras casas que, por fortuna para muchos, aún se dan el lujo de contar la historia de este municipio. Nos quedó en la mente una canción de Carlos Vives, ‘La foto de los dos’, cuyo coro entona: “Y la luz que trajo a nuestras vidas y alumbró la casa que era nuestra casa, hoy quisiera devolver el tiempo para no dejarla (…) Regresar a la casa como regresa el viento, volver a abrazarte y empezar de nuevo… y empezar de nuevo”.

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Por Daniel González Jaramillo
danielgj@gente.com.co