Envigado, el templo del billar, la nostalgia y la bohemia

Envigado, el templo del billar, la nostalgia y la bohemia

El sonido ambiente en el Parque Principal de Envigado es la combinación de todos los ruidos: aleteo de palomas, voces de vecinos, carros, motos, buses, música, campanas, aplausos, taladros, caídas de dados, tos de jubilados… en fin. Podría ser desastroso para el sistema nervioso de quien resida cerca de allí, pero al final la costumbre es más fuerte que una queja. Aún y con la misma cantinela, una y otra vez, cuyo resultado es un no se sabe qué escuchamos, aparece en la carrera 42 con calle 38 sur un oasis para la bohemia.

Jean Paul Moreau.

Fue un viernes, 4 de la tarde, 28 grados de temperatura en la Ciudad Señorial. Mujeres y niños, la mayoría que profesan la fe católica, pasan por el lado del billar, como camino obligado hacia la iglesia Santa Gertrudis, La Magna. No lo determinan y siguen de largo, ignorando a aquel lugar que tal vez ha sido motivo de disgustos con sus maridos.

Nos ubicamos en la acera del frente y no se percibía con claridad lo que pasaba al interior de ese establecimiento. Había humo de cigarrillo, una barra de bar en la entrada del negocio; a la derecha, una pequeña relojería, como si les recordara a los clientes que el tiempo en El Real también pasa, y muy rápido.

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La avalancha de ruido que trae consigo el centro de Envigado no fue suficiente para opacar las canciones que salían de aquel “antro”. Sonaba una de Darío Gómez y el aguardiente se podía oler a metros. Sin miedo alguno, ingresamos al billar que por más de 50 años ha estado ahí, rebelde, pero con causa.

Torre de Babel

Se nos quedaban mirando. La cámara fotográfica fue intimidante, pero a la vez daba protagonismo a esa faceta que no esconde este pueblo del sur del Valle de Aburrá. Había luces, algunas amarillas, como las de antes, y otras blancas que resaltaban las cuatro o cinco mesas de billar que habitan en este salón.

Los clientes sonreían, se acercaban a saludar, se sentía ese tufillo que nos confirmaba que tal y Pascual estaban allí desde tempranas horas del día. El golpe de las bolas de billar es melodía para quienes lo juegan. Esa energía nos contagió y… sí, había una magia en el ambiente. ¡Qué sorpresa nos llevamos! El billar no solo era el lugar para el juego y la “bebeta”, vimos una real Torre de Babel, en donde todo tipo de personas llegan para desconectarse de su realidad.

Gustavo, fiel cliente y buen jugador de ‘pool’ (llamémoslo así porque Gustavo nos pareció un tipo refinado), cuenta que “Este ha sido el lugar de encuentro de amigos que, incluso, vienen desde el bachillerato. Nos hemos convertido, prácticamente, en una familia”. Y al lado de Gustavo, sonrientes y atentos a la conversación, estaban Sigifredo, Gilberto, Jaime, Ovidio y Ernesto, todos amigos y contemporáneos, cada uno pasaba de los 60 años de edad.

“En una pata”

En la mesa del otro extremo se encontraba Jean Paul Moreau, un harlista, de barba blanca y espesa, no muy grande de estatura; también cantante y estilista, pero a la vez, un aficionado a la tiza azul y a los tacos de buena madera. “Es como mi segunda casa porque acá todos somos buenos amigos. No soy de los que más bebe, solo vengo acá a divertirme alrededor del billar, un deporte que me ha brindado alegrías a lo largo de toda mi vida”, dice el vecino de Envigado, de ascendencia francesa y famoso en esta otra dimensión.

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Jean Paul es como un relacionista público, nos presentó a Reymundo… y a todo el mundo. Sin darnos cuenta, ya éramos parte de aquel mundillo, donde los boleros de Daniel Santos y Alci Acosta sonaban mejor que nunca. También, qué calor. El salón se llenó de gente, no solo era el billar, además, las mesas del establecimiento se convirtieron en espacios para el dominó y las cartas, acompañados de vasos de whisky, copas de Gustavo Aristizábal, ‘el mocho’. aguardiente y envases de cerveza.

“En el juego de la vida, juega el grande y juega el chico, juega el blanco y juega el negro, juega el pobre y juega el rico”, coreaba la canción de Daniel y el calor ya era placentero. Al fondo, salía del baño una persona “saltando en una pata”, literal. Se trataba de Gustavo Aristizábal, ‘el mocho’, quien esporádicamente aparece en el billar para darles una pela a todos.

Sin una pierna, Gustavo se las arregla para jugar. En una silla normal y con rueditas, de esas verdes de oficina, ‘el mocho’ se sostiene para crear una carambola de padre y señor mío. “Y eso que no practico tanto porque ha habido falta de descuido (risas)”, comenta el vecino, mientras lo acosan los otros jugadores para empezar otra partida.

Parecía un ritual. Jugaba ‘el mocho’ y la mayoría de asistentes al billar hacían corrillo o una especie de mesa redonda, unas verdaderas tribunas para hacerle barra a este teso del billar, que sin pensarlo, brindaba un espectáculo único para ese momento.

Una cerveza antes de abandonar el billar y salir a la rutina que presta el centro de Envigado. Los ánimos adentro del negocio seguían subiendo de nivel, pero esa vaina ya es pa’ machos experimentados.

Salimos de El Real y miramos a la relojería, esta vez ubicada a nuestro lado izquierdo. Mudos y como salidos de un sueño, los relojes nos decían que ya eran casi las 7 de la noche.

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Por: Daniel González Jaramillo
danielgj@gente.com.co

Fotos: Esneyder Gutiérrez

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