Así se vive la cuarentena en una unidad de El Poblado

Así se vive la cuarentena en una unidad de El Poblado

Así se vive la cuarentena en una unidad de El Poblado

Alexis Arredondo Espinosa, periodista y vecino de Portón del Campestre, comparte con nosotros una crónica de cómo ha cambiando la cotidianidad de sus vecinos en El Poblado (Medellín) durante la cuarentena por el coronavirus.

¨Portón del Campestre es un conjunto residencial de hombres y mujeres que pasean a sus perros a las ocho de la mañana y a las cuatro de la tarde. Es una unidad de porteros que reciben domicilios, de veteranos que marchan alrededor de las zonas comunes, de un calvo flaquito que trota por los senderos y de un gringo con camiseta del Barcelona que patea la pelota con su hijo.

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Los habitantes que, hasta hace un mes, eran un cúmulo de individuos que escasamente compartían techos, ascensores y paredes, ahora son una tribu de sujetos que se saben los nombres de los vigilantes que religiosamente hacen cambio de turno al morir la tarde y en las primeras horas de la mañana.

Tapabocas, dispensadores de antibacterial, guantes de cocina, de boxeo, de pesas o de bicicletas son usuales para quienes, hace poco, se burlaban en conversaciones picarescas de Whatsapp de una supuesta gripa que ni siquiera había hecho sus maletas para salir de China.

Los residentes trabajan desde sus apartamentos, comparten con sus cónyuges y se ríen (o riñen) con sus hijos, se entretienen con memes, llaman por celular a sus familiares y ven series de streaming que se interrumpen cuando salen a aplaudir en los balcones a las ocho de la noche o cuando se emiten los noticieros nocturnos.

Entretanto, la transversal Inferior se convierte en una callejuela fantasmal donde bien podría jugarse un partido de fútbol. Aunque no faltan los motores de vehículos repartidores que entregan pedidos de restaurantes expertos en pizzas, hamburguesas, sushi, pollos, postres; o, por supuesto, de farmacias que abastecen a los vecinos de antigripales, antiinflamatorios, analgésicos, antidepresivos, pastillas contra los dolores menstruales e, incluso, cajas de condones.

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Los vigilantes, obedeciendo a los dictados de la administración, esparcen alcohol por el cuerpo de estos recaderos. Ya pueden subirse a los ascensores. La portería antes era el sitio de encuentro entre los repartidores, los vigilantes y las señoras del servicio doméstico. Estas mujeres son el gran vacío del hogar estrato 6.

Hoy los dueños de casa hacen el aseo general, despiertan a los niños para sentarles frente a un computador y hasta ven tutoriales en YouTube para instruirse con cocineros que, usualmente, son del mismo lugar de donde fueron creados sus platos.

Lucky, Manchas, Bono, Toby, Odín, Sandía, Sasha y Venus son algunos de los perros que pasean a sus amos en el área circundante a las canchas polideportivas.

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Mientras tanto, sus patrones (algunos de gorra, chaqueta, tapabocas, guantes, sudadera y botas) se ríen con los videos en línea de los negros bailando en los funerales; se quejan del peso que han ganado durante el encierro; critican las supuestas acciones de corrupción de los alcaldes con las latas de atún; se alarman con la lentitud para entregar las ayudas en las viviendas de las que cuelgan trapos rojos; desconfían de los vendedores de helados o de dulces que suben y bajan por las lomas de la cuadra; o rechazan a la policía por no hacer cumplir la cuarentena en los barrios populares.

En las zonas comunes, no obstante, nadie comparte experiencias sobre dolores de cabeza, estornudos, vómitos, toses, ataques de ansiedad o recaídas en depresión.

En los balcones se ven pajaritos de distintos colores que, según expertos del Sociedad Antioqueña de Ornitología, pueden llegar a las 200 especies.

Las guacamayas, frecuentes en la zona, ahora con el paisaje inmaculado surcan los cielos coloridos y despejados, aunque, con el silencio del parque automotor, hacen más ruidos con sus clamoreos.

Sin embargo, en la noche, los murciélagos entran a la sala de mi apartamento y los salpican de manchas rojas o naranjas que se supone vienen de las frutas que se comen. La solución parece sencilla: cerrar las puertas, persianas y ventanas. Esos animalitos son, junto al covid-19, las amenazas silenciosas y difícilmente visibles que pueden atravesar cómodamente las cercas eléctricas que resguardan a nuestros edificios¨.

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