Espíritus que encantan en el Museo El Castillo

Historias de terror en el Museo El Castillo, Medellín

Espíritus que encantan en el Museo El Castillo

“No es para asustarse… es para encantarse”, relata Leticia Vélez Restrepo, trabajadora del Museo El Castillo hace 36 años. Ella dice que ha hecho de todo en este reconocido lugar de Medellín.

Foto: Jaime Pérez

Hoy en día está encargada de la cafetería, donde también se pueden probar las delicias de Lety, como le dicen de cariño sus amigos y compañeros. Es la indicada para que nos cuente sobre estas leyendas, que por años han rondado por los pasillos de El Castillo, una edificación que, por su imponente arquitectura, se presta para dichas historias, como si fueran sacadas de la película ‘La bella y la bestia’.

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Los burlones

De las anécdotas que más recuerda Leticia es la sucedida hace 30 años. “Cierto día que me tocó dormir en El Castillo, entré a un salón, junto con otra compañera. A mitad de la noche sentí como si me estuvieran dando besos en la mejilla. Tenía un peso encima que no me dejaba mover. Hubo un momento en el que logré sentarme y forcejear con aquello que me estaba atacando… o jugando”.

“Lo asustador fue cuando vi a mi compañera, también en ese forcejeo, como si le estuviera pasando lo mismo. Caímos como inconscientes y al siguiente día había mucha confusión. Ella y yo no supimos explicar ese acontecimiento tan extraño”. Y los culpables de esta situación, según lo expresa Lety, son los espíritus burlones, “unas energías que están amañadas en el lugar, pero que no hacen daño. Uno los regaña y ellos no vuelven”.

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Dichas presencias, que se sienten por momentos en los pasillos o que hacen sonar algunos de los instrumentos ubicados en el museo, “pertenecen a personas que trabajaron acá o estuvieron de visita en El Castillo. Es un lugar muy agradable para ellas”, agrega Leticia. Y dentro de estas historias no se puede dejar por fuera a Isolda, el espíritu de una joven que vivió en este lugar y que murió a los 19 años de edad por la enfermedad Guillain-Barré; hija de Diego Echavarría Misas, propietario y residente de la época de El Castillo.

“A ella le gusta andar al lado mío, como si yo fuera la mamá. Hace muchos años, yo me encontraba sola en el museo y afuera estaba el mayordomo arreglando los jardines. Él se quedó mirándome a lo lejos yal rato me preguntó que quién era esa niña que estaba detrás de mí. Yo me quedé perpleja porque no sabía de qué estaba hablando, pero después caí en cuenta que sí, que se trataba de Isolda”.

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En ocasiones, Leticia siente que una niña estuviera observándola detrás de los muros, pero es un hecho que no la asusta. “Es simplemente una niña que murió con muchas ganas de vivir y cree que todavía está en este plano terrenal. Entonces ella juega conmigo, que he sido la persona que más permanece en El Castillo”. Y esos juegos de los que habla Lety y que son iniciados por Isolda, se producen más que todo en la casita de muñecas, donde esta niña solía entretenerse.

“Es como si estuviera jugando escondidijo porque siento que me mira y luego se esconde. La energía no es mala, al contrario, se siente mucha paz y tranquilidad”. Y como le dijo a Gente Juan Bautista, vigilante del museo, “este castillo no está embrujado… está encantado”, frase que también repite Leticia, quien espera con los brazos abiertos a sus visitantes, que desde ya comienzan a regresar a este bello sitio. “No concibo estar en otra parte que no sea El Castillo. Es un lugar mágico al que le tengo mucho respeto y agradecimiento”, finaliza Lety.

¿Alguna vez lo han espantado? Si usted, señor lector, tiene alguna historia similar que haya vivido en nuestros sectores: El Poblado, Envigado, Belén o Laureles, puede escribirnos a gente@gente.com.co.

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Leticia Vélez, una gran contadora de historias en el Museo El Castillo. Foto: cortesía.

Por Daniel González Jaramillo
danielgj@gente.com.co