Vivir la vida sin wi-fi entre risas y llanto

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Vivir la vida sin wi-fi entre risas y llanto

Ha sido muy difícil explicarles a mis adorables revoltosos que cuando yo estaba chiquito, no había celulares, ni internet, ni wi-fi, ni tablets; simplemente no entienden cómo se podía vivir así. En estos días en un restaurante de un nuevo amiguis del face (soy moderno), leímos esta frase: “no hay wi-fi, nos vamos a tener que mirar a los ojos”. Me llaman la atención y me da pena ajena, esas parejas que salen a comer y no quitan sus ojos del chat, ¿será que ya no se quieren o ya no tienen de qué hablar?, pero más me impresionan esas mesas de familias o amigos que no se despegan de sus dispositivos móviles. Por mi lado, los enanos la tienen clara y los horarios para la vida irreal son limitados; cuando salimos en familia, vamos al campo, estamos con más gente o vamos a un restaurante, simplemente están prohibidos y mejor que no me vean bravo; los hijos son como uno los educa y me tiene sin cuidado lo que piensen los educadores vanguardistas. Hoy cuando un amigo saca un celular para chatear en medio de una conversación, me paro y me despido, lo dejo que siga con su interlocutor digital. Ni más faltaba. Lo mismo la flaca, sabe que yo no me pongo bravo, simplemente enmudezco, si se pone a chatear cuando estamos conversando. El mundo es otro, sin duda, pero nunca dejaremos de ser personas como nunca dejará de existir el respeto.

Y en ese plan de sacar a los niños de la vida virtual, mientras quieran todavía salir con sus papás, nos hemos dedicado a recorrer Antioquia y cada finde salimos a puebliar por una región distinta, una costumbre con que crecimos muchas generaciones. San Rafael, San Carlos, Puerto Nare, Concepción, Guadalupe, Belmira, Santo Domingo, El Retiro, Guatapé, Carolina, Santa Rosa, Entrerríos, Labores, San José de la Montaña, Cocorná, Abejorral, Sonsón, Jericó, Támesis y Ciudad Bolívar, son algunos de los pueblos que ya conocimos. Nos vamos cantando, jugando adivinanzas y contando chistes; entre otras cosas cuando yo cuento un chiste, ellos no se ríen, más bien se burlan. Al regreso, antes de que se duerman rendidos, comentamos y decimos todo lo que nos gustó, entre paisajes y comida. Mi felicidad mayor hoy en la vida es verlos tomando mazamorra con panela rallada, chocolate, aguapanela o claro, comiendo migas de arepa que hago preparar en los estaderos de carretera, arepas con quesito, pandequesos o parva antioqueña.

Y en ese recorrer de nostalgia, la semana pasada llegamos a Mina Vieja, despuesito de Yarumal. Si tuviera que encontrar la manera de describir la felicidad, lo haría contando lo que fue la visita a este parador de mulas de gasolina y de 4 patas, en donde sirven las mejores arepas que me he comido en la vida, con mantequilla y quesito campesinos, chorizos perfectos, empanadas, huevos de abuelita, fríjoles, caldos, bistecs, chicharrones… en fin, todo un repertorio paisa memorable. Irreal en medio de tanta industrialización de la comida como aquella que creó la arepa chatarra que tanto critica mi vecino de columnas.

Lamentablemente y aunque acordé con mi jefe, el editor de Gente, no hablar de cosas malucas, el regreso a la vida real fue doloroso cuando empezamos a bajar a Valdivia, viendo cientos de familias apostadas en tugurios a lado y lado de la carretera, con sus niños mugrosos pero hermosos como sacados de una película de Felini, estirando sus manos en espera de alguien que pare a darles una moneda. Esta vez enmudecí de tristeza y entre lágrimas que oculté subiéndole el volumen a la bicicleta de Carlos Vives, no supe que decir ante tantas preguntas de mis enanos que no entendían, qué estaba pasando. ¿Será que nadie del gobierno ha pasado por ahí? ¿Se podrá hacer algo? Mi flaca también lloró en silencio y me apretó la mano con dolor en el alma.

Vale la pena salir a puebliar, sacar a los niños a reconocer esta tierra única en el mundo por su belleza y sus delicias, pero también por sus injustos contrastes que duelen tanto que nos quitan el habla y la felicidad.