¿Varado por comida? La solución está a un ‘metro’

Comidas en el metro

¿Varado por comida? La solución está a un ‘metro’

Es el desvare de comida para muchos, y me incluyo. Más de una vez he armado mi desayuno con la parva, los jugos y las frutas con los que me recibe la estación Envigado, del metro, paso obligado cada mañana hacia mi trabajo.

Conmigo coincide Germán López, y eso que él no tiene que ir a diario, pero eso sí: diligencia que tiene por esos lados se convierte en tinto y buñuelo ‘sagrados’, mientras que para Carlos Arturo Dueñas ese es su diario desayunadero; en una de las pausas de la mañana, mientras espera la siguiente salida de su alimentador a las lomas El Escobero y Las Brujas aprovecha para pedir su ‘calentao’ completo y en la tarde lo que busca en el lugar es un poco de leche y cereales, que le ayuden a esperar hasta la comida de su casa cuando termina el turno a las 6:30 p. m.

Y es que el que lleve hambre y no se las arregle en el espacio público de esta estación tendrá que resignarse a seguir su marcha con el riesgo de ir reduciendo en cada paso las opciones del menú. Menú que garantiza calidad de los productos, pues los puestos de trabajo del sitio exigen a sus empleados certificaciones en manipulación de alimentos y cada uno es controlado constantemente por funcionarios y autoridades municipales.

Todos los gustos son atendidos
De esto da fe Marisol Mazo, vendedora en uno de los puntos que más se mueven en la mañana. Hasta 70 palitos de queso y unas 30 porciones de salchichón con arepa puede vender en las horas del desayuno, aunque también son muchos los que arriman por tortas de carne, pasteles de pollo, empanadas y bocadillo con queso. “Espacio Público nos controla, viene y revisa nuestros permisos y exige documentos al día”, cuenta Mazo, vecina además de Barrio Mesa y quien en la tarde les suma a sus ventas algunos chorizos, para luego cerrar pasadas las 5:00 p. m. y darse un merecido descanso; trabaja con 3 compañeros, pero ella empieza a las 4:15 a. m.

Para quienes no gusten de este tipo de comida, no es sino que den un par de pasos más y lleguen al puesto que montó en la estación hace 13 años José Arnoldo Ocampo, del barrio Alcalá. Es de puras frutas y sí que las vende con amor, pues son su pasión. A pesar de que vendió arepas por 4 años en otra estación del metro (teniendo en cuenta de que un desayuno sin arepa no es desayuno para él), las frutas le encantan desde niño. Todas, pero sus preferidas son la piña y el mango maduro. Ambas las ofrece a su clientela y les suma pera, manzana, sandía y papaya, entre otras, además de té helado para la sed de la tarde.

Los clientes en su punto de venta van y vienen todo el turno (7:30 a. m. a 8:00 p. m.), pero considera que es más visitado en las mañanas, porque “la gente compra frutas para completar el desayuno, y hasta algunos almuerzan con ellas. Ahora están más convencidos de que son maravillosas”. Aparte de amarlas, son ellas las que le han permitido sostener su hogar de esposa y 6 hijos.

Pero José Arnoldo no es el único que ha notado ese giro. Germán Morales vende jugo de naranja (solo y con ‘de todo’) y asegura que “las personas han tomado conciencia y muchos cambiaron la gaseosa por el jugo. Hasta los niños lo están tomando más”. Sonríe cuando lo dice, porque además creo que sonríe casi todo el tiempo. Su amabilidad y la de su esposa han hecho que por 9 años (aunque él lleva acompañándola 2) los que pasan por la estación Envigado paren a tomar en 1 de los 3 tamaños de vasos en que ofrecen el zumo.

Llegan a las 6:00 a. m. y hasta eso de las 5:00 p. m. ofrecen jugo de naranja —traída de La Pintada— puro o con ‘ayuditas’ como vitacerebrina (la que más piden), ginseng, kola granulada y miel. Y digo ayudas, porque más que acompañantes o toques secretos que dan otro sabor, sus clientes los piden por sus beneficios contra el cansancio, el estrés y hasta la migraña.

La naranja y la mañana son lo de esta pareja que decidió esta combinación a la hora de montar su negocio, “porque es lo que busca la gente: ser saludable”.

La noche tiene lo suyo
Antes de que Marisol, José, Germán y tantos otros que he conocido en el lugar levanten sus puestos para ir a descansar, van llegando los vendedores de las infaltables ‘papitas de metro’, esos vasos desechables que ofrecen papas fritas en aceite limpio y en diferentes presentaciones, siendo las chips y las criollas (estas con salchicha y huevo de codorniz) las favoritas de muchos.

Estas se suman a la pizza, los chuzos y los fritos de los puntos fijos, ubicados bajo las escalas, y forman la comida de esos usuarios y transeúntes que han dejado el afán de sus obligaciones y se regalan una pausa antes de seguir la noche. Eso lo sabe Mauricio Giraldo, que vende papitas desde hace 3 años, de 1:00 a 8:00 p. m.: “Casi siempre los recibo y se quedan, rara vez se las llevan. Mi clientela viene cuando ha salido del trabajo, son de los que tienen ganas de picar algo mientras llegan a la casa a comer fuerte”.
¿Se le antoja algo? A la hora de desvararse, nada mejor que ‘de todo para todos’.
Por Luisa Fernanda Angel G.
luisaan@gente.com.co