Manuela sigue un legado espiritual

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Manuela sigue un legado espiritual

Mientras camina descalza sobre los tapetes que decoran la sede de Unity Yoga, su academia, Manuela Mejía recuerda lo difícil que fue encontrar ese lugar: una casa situada en la carrera 43 con calle 2. Desde allí, hace un par de meses, empezó a vivir el sueño que había tenido por varios años, ese que le indicaba que debía seguir el legado de su mamá, quien fue una de las pioneras del yoga en la ciudad con la academia Anaisa.

“Cuando vine a conocer este sitio, era otra cosa, por eso no estuve muy segura de quedarme con él. De todas maneras algo me decía que podía ser, entonces lo que hice fue venir con 3 personas para que me dieran su opinión. A mi mamá le gustó, y al final lo tomé. Tuvimos que remodelarlo por un mes para que quedara como yo lo quería. Abrimos en febrero y desde ese momento me he sentido como en el bálsamo de la vida”, cuenta con una sonrisa de satisfacción.

Esto, porque durante 2 años estuvo en la búsqueda de ese espacio que pudiera albergar, con la misma magia en la que lo había hecho Anaisa, a los aprendices de esta disciplina oriental que, como ella explica, buscan la iluminación para vivir en armonía, con la consciencia de que la felicidad no se encuentra en las otras personas ni en las cosas materiales, sino que está mucho más cerca: en el interior.

“En 2013, cuando me gradué como psicóloga, mi mamá me regaló un viaje a la India. Yo ya había estado otras veces: a los 6 años, cuando fui por primera vez, y a los 12, cuando apenas estaba empezando a abrir la consciencia, pero creo que esa vez fue más especial porque fue una experiencia reveladora, llena de aprendizajes”, dice, y agrega que fue justamente en esa ocasión que se despidió del maestro que había guiado espiritualmente a su mamá por más de 2 décadas.

El mismo día del viaje de regreso, recuerda, su mamá se lesionó la espalda tratando de calcular el peso de una maleta: una situación que con el tiempo derivó en el cierre de Anaisa y en la apertura de Unity. “Por recomendación médica, mi mamá no podía seguir dando las clases, entonces yo me encargué de dictarlas. Como nos habían pedido la sede de Anaisa antes de viajar, tuve que empezar a dar las clases en la casa”, relata, y añade que allí pasó 7 meses, un periodo en el que su mamá decidió que era hora de cerrar su ciclo como profesora y dueña de la academia.

Manuela continuó, hasta que recibió una carta de la administración de su unidad advirtiéndole que no podía seguir utilizando su casa para dar clases, “entonces me fui para el salón social de una unidad a dar unos cursos y para otro salón a dar otros. Fue muy duro porque pensaba: ‘en qué momento todo lo que tenía seguro se me fue entre los dedos’. Al final me sacaron de esos salones y tuve que volver a mi casa por 4 meses más.

En todo ese tiempo había sido imposible encontrar un lugar para la academia”, revela, y agrega que todo se resolvió en diciembre, cuando encontró la casa ideal para contagiar a otras personas con su sueño: el de enseñar que con el yoga se vive mejor, “porque a través de él encontramos bienestar y entendemos que por esta tierra podemos pasar siendo felices”.

Por Laura Villamil.

Fecha

Mayo 13, 2016

Categoría

Emprendedores, Gente

Tags

el poblado, emprendedora, joven, mujer, negociante, profesora, psicóloga, yogui