La recicladora que se ganó el amor de los envigadeños

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La recicladora que se ganó el amor de los envigadeños

“Mi amorcita bella, para sembrar esa matica tengo un baldecito perfecto”, dice Dora Arboleda, dirigiéndose a una vecina que se acerca a la glorieta Primavera (cerca al polideportivo) con la idea de encontrar el recipiente perfecto para la planta que lleva en la mano; una escena que interrumpe nuevamente —lo hace cada vez que ve un rostro conocido, y al parecer son muchos— las historia de cómo llegó al municipio en calidad de recicladora y de cómo lentamente, respondiendo con comprensión las miradas de desconfianza, fue ganándose el cariño de los habitantes de barrios como San José y La Mina.

La vecina, satisfecha con la solución, le entrega un billete enrollado, mientras ‘Dora, la recicladora’, como le dicen con aprecio, reacciona diciéndole que no, que cómo se le ocurre, que ella lo único que hizo fue sacar en balde de la pila de recipientes plásticos. Al final, por la insistencia de la vecina acepta la propina con un poco de vergüenza, y dice “es que a mi todo el mundo me trata así. Me traen comidita, me saludan con amor, me invitan a tomar alguito. Mejor dicho, es que si no fuera por mi gente, yo no estaría aquí, porque me han defendido cuando he tenido problemas con Espacio Público o con Enviaseo”.

Dora llegó a Envigado hace cuatro años, acompañada por un reciclador experimentado que le ofreció enseñarle este oficio para ayudarla a salir de una crisis económica y personal, porque, según recuerda, llevaba un tiempo sumida en una depresión que “hacía que todos los días yo le preguntara a mi Dios por qué me sucedían cosas tan difíciles, sabiendo que yo siempre me había preocupado por los demás… Es que yo, adonde llegara, terminaba dándole una mano al que pudiera y ganándome el cariño de todos”.

“Muchos me dicen que una mujer como yo puede hacer algo mejor, pero yo me quedo aquí, con la gente que tanto quiero”.

 

Al principio el trabajo no fue sencillo, porque despertó envidias en otros recicladores y recibió malas miradas de algunos vecinos, los mismos que con el tiempo se convirtieron en sus defensores. “Me acuerdo que había un señor que se enojaba cada vez que me veía abriendo las bolsas que sacaba, pero yo no le respondía igual, sino que le decía: ‘Le aseguro, mi tesoro, que le voy a dejar todo como estaba, y hasta más limpio… Es que eso sí, nunca he sido cómo otros que llegan y dejan la basura tirada y desordenada. En todo caso, ese señor resultó queriéndome tanto, que peleó para que me dejaran en este rompoy”, narra, y añade que este lugar, más que su sitio de trabajo, es “mi parque, y por eso trato de mantenerlo muy bonito”.

Además de las barreras que le pusieron otras personas al iniciarse en el reciclaje, reconoce que lo más complejo fue aceptarse a ella misma, “porque yo nunca me imaginé que iba a terminar en esto”, cuenta, mientras añade que sus experiencias laborales anteriores fueron en empresas de papelería, restaurantes, puestos de jugos y sánduches y ventas ambulantes. Sin embargo, “fue tanta la solidaridad que encontré en la gente haciendo este oficio, que yo no quiero hacer otra cosa“.

Por Laura Villamil.

 

Fecha

Marzo 11, 2016

Categoría

Gente, Vecinos

Tags

cumplida, dedicada, envigado, honesta, mujer, recicladora, tabajadora, voluntaria