120 palomas viven en una terraza de Laureles

120 palomas viven en una terraza de Laureles

120 palomas viven en una terraza de Laureles

Un habitante del barrio El Velódromo hizo de las palomas mensajeras su pasión y su afición. Ha ganado más de 30 trofeos en diferentes competencias.

El vuelo de la paloma es grácil, veloz, preciso. Su plumaje suave contrasta con el ruidoso batir de sus alas y por eso no se puede llegar a la terraza de la casa de Carlos Mario Díez sin sentir sorpresa. Desde la entrada, el gutural gorjeo de unas de 120 palomas que el vecino conserva en una amplia esquina se convierte en saludo de bienvenida.

Pero no se trata de palomas cualesquiera, son palomas mensajeras y, contrario a lo que se cree, no transportan mensajes, sino que recorren grandes distancias en tiempos cronometrados hasta regresar a su palomar. Al entrenamiento de las palomas en esta técnica se le conoce como colombofilia, y Carlos Mario ha dedicado a ella 25 años, una vida entera.

“Mis abuelos tenían palomas, pero eran criollas, de las que uno ve en los parques. Y además yo estudiaba en el colegio El Sufragio y eso allá es lleno también de palomas. Una vez fui con mi familia a mercar a un centro comercial y había allá un estand de pájaros, y quien lo atendía era un colombófilo. Yo ya venía con la inquietud y él me dijo que había un club que se reunía todos los martes para hablar de palomas mensajeras. Ahí empecé a aprender”, comenta el vecino, ingeniero agrónomo.

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“La paloma siempre ha sido el símbolo de la paz y las palomas mensajeras son muy tranquilas. Como uno conoce desde su crecimiento, desde que ponen un huevo, desde que nace el pichón uno interactúa muy profundamente con ellas, entonces se van volviendo amigas para uno”, expresa Díez mientras muestra cómo desde los 7 días de nacido le pone a cada pichón una argolla en una pata para poderlo identificar.

Las palomas permanecen en el palomar la mayor parte del día, no por capricho, sino porque esa es la característica de las mensajeras: siempre regresan al lugar donde nacieron y crecieron, pero, además, para evitar que se contagien y transmitan enfermedades. Sin embargo, cuenta Carlos Mario, todas las mañanas él les abre la puerta y ellas vuelan libres, reconocen el entorno, se ejercitan y regresan.
El entrenamiento se compone además del reconocimiento sonoro de un silbato que Carlos Mario toca cada vez que les va a servir comida, de manera que aprendan a seguir dicha señal.

Pero esos son pequeños recorridos si se comparan con trayectos de cientos de kilómetros, como, por ejemplo, el de un torneo reciente, entre Tulcán, en Ecuador, y Medellín. Por esa distancia, nuestro vecino colombófilo quedó campeón de una competencia nacional. Aunque, reconoce, el riesgo de recorridos tan largos es que las palomas pueden perder su camino: “Generalmente regresa al palomar un 40 % de las que alzan vuelo”.

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Centenario, el mejor reproductor del palomar, es su mayor orgullo. Carlos Mario lo sostiene entre sus manos y muestra las características que lo hacen único: huesos fuertes, buen peso y buen tamaño, así como un plumaje brillante.

Por eso al vecino le disgusta el estigma popular que ha recaído sobre las palomas: “A uno le comentan: ‘Ah, ¿vos tenés palomas?, como son de dañinas’, y también dicen que son las ratas voladoras, pero estas palomas, aunque salgan cada mañana, nunca buscan quedarse por ahí dañando los techos”. Por lo pronto, Carlos Mario y sus palomas se preparan para el rali nacional que tendrá lugar en Guarne el próximo septiembre y de él traerse el trofeo de campeón y sumarlo a los ya más de 30 galardones que exhibe en una repisa de su habitación.

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Por Sergio Andrés Correa
sergioco@gente.com.co