Doña María Rita, nuestra vecina de 100 años

Doña María Rita, nuestra vecina de 100 años

Doña María Rita, nuestra vecina de 100 años

La lucidez y la alegría de esta centenaria vecina de Obrero conquistan a cualquiera. Familiares, orgullosos por tantos años de lucha, festejaron con ella.

No es gratis que al lado de su torta decorada con el número 100 esté su máximo tesoro: el cuadro de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, su “amiga, madre, hermana y confidente”.

Así la llama y se le quiebra la voz cuando lo hace. Los ojos se le encharcan a esta alegre mujer y en cuestión de segundos pasa de una gran sonrisa a la nostalgia; todo, producto de su devoción. El amor incondicional que le tiene a su “santa madre bendita” deja a la vista su lado más sensible.

Después vuelven la alegría, los ojos brincones por los recuerdos, la lucidez y la buena memoria. ¡Ya quisiera uno llegar así a la vejez, quién pudiera contar con la dicha de cumplir 100 años a conciencia! Doña María Rita Serna Moreno escucha perfectamente, no hay que repetirle nada, conversa largo y tendido e interrumpe sus propios relatos con chistes que todavía goza.

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Unos 90 años en nuestra ciudad (calculados, porque también tiene derecho a no recordar con precisión todo) la convierten en una envigadeña más; una nacida en Montebello, Antioquia, que hoy vive en el barrio Obrero, pero que llegó siendo una niña a la casa cural de Santa Gertrudis.

Allí habían llegado a vivir años atrás sus 2 tías, Julia y Mercedes, solteronas y hermanas de su papá (Juan de Dios Serna), quienes se vinieron en compañía de un familiar, el padre Villegas, debido a su traslado a la iglesia de Envigado. Una de ellas murió y el papá de María Rita decidió estar más cerca a la otra, así que por acá llegó en compañía de su esposa, María Jesús Moreno, y sus otros 7 hijos (de todos, María Rita es la séptima, la menor de las 4 mujeres y la única de los 8 que hoy vive).

Era un pueblo, la centenaria lo recuerda intacto: una que otra casa de teja, mangas, potreros. Así, muy niña y para ganar unos pesos y aportar a su hogar, le barría el polvo a la casa de una señora que le pagaba 5 centavos y eso era un platal. Luego trabajó en Rosellón, empezó en la sección de hilados y terminó años después. Tampoco recuerda cuántos, sabe que fueron muchos, pero no los suficientes para jubilarse.

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En Envigado conoció el amor, desde el más efímero (que, en últimas, resultó no siendo amor) hasta el inmenso que siente todavía por su esposo, José Osorio, 4 años y medio después de su muerte. Lo conoció cuando era novia de otro José (este era Restrepo). Lo que pasa es que bebía y no era muy juicioso, razones suficientes para que don Juan de Dios no lo pudiera ni ver, no lo toleraba. Hasta que un día María Rita se cansó, “no aguantaba una joda de esas, una cantaleta permanente de mi papá, terminé esa relación”. Una noticia que le endulzó el oído a José Osorio la tarde del domingo que lo conoció.

Estaban invitados a tomar el algo en casa de unos familiares de él, uno de tantos Osorio, y los presentaron: “Me decía señorita esto, señorita aquello, señorita para allá y para acá… sin saber si yo lo era”, cuenta muerta de la risa. Hablaron por horas y este sí cayó bien, el señor Serna lo quiso en cuestión de segundos. Una charla llevó a la otra; una visita, a la siguiente; un noviazgo se hizo fuerte, y se casaron. Ella tenía 28 años, “ya era una beata”, vuelve a reír la mujer que con su esposo tuvo 13 hijos, de los cuales hoy viven 5 (todas son mujeres).

Esta unión de casi 70 años también se la entregó a su amiga fiel del Perpetuo Socorro; “a ella le cuento todo. Cuando me fui a casar le dije: ‘Virgen santísima, solo vos sabés si voy a ser feliz. Si no voy a pasar bien y voy a sufrir, que se acabe este matrimonio. En tus manos lo pongo, yo vivo muy bueno, por eso ayudame a no equivocarme’. Y así fue. José fue un buen esposo y buen padre, una gran persona, se preocupó siempre y mucho por todos nosotros”.

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A sus 100 años vive con una de sus hijas, los recuerdos tristes van y vienen, porque no debe ser fácil enterrar a los papás, los hermanos, los hijos y el esposo, pero ella se hace la vida feliz: “Mucha gente me pregunta qué es lo que como que no envejezco y yo les digo: ‘Pa qué son bobos y pa qué envejecen’”. Sus días los entrega siempre a Dios, y ante él le pide a la Virgen que interceda: “A ella me entregué siempre y lo seguiré haciendo. Ella me va a llevar al cielo, ella me guiará el camino”.

Por Luisa Fernanda Angel.
luisaan@gente.com.co