Los tesoros ancestrales desenterrados en Belén

Los tesoros ancestrales desenterrados en Belén

Los tesoros ancestrales desenterrados en Belén

Piezas arqueológicas invaluables han sido encontradas en el área de influencia de la vía Altos del Rodeo (Medellín), esta semana empezará la segunda fase de ampliación.

El brazo de una retroexcavadora cortaba como una cuchilla la montaña de la calle 9 sur —donde Campos de Paz y el club El Rodeo se encuentran con el barrio Guayabal— y en uno de esos movimientos quedó al descubierto algo que llamó la atención de los arqueólogos en campo: una vasija de cerámica que podría tener más de 1000 años de antigüedad.

El hallazgo se dio el 12 de julio de 2016, durante la primera etapa de ampliación de la vía Altos del Rodeo (entre carreras 53D y 54B) y fue otra prueba de la importancia arqueológica de la zona, donde esta semana iniciaría la segunda fase del proyecto incluido en el plan de gobierno actual.

Germán David Vega Arévalo, antropólogo de la Universidad Nacional, que dirigió los monitoreos durante las obras, contó que el objeto estaba compuesto de un material friable, lo que quiere decir que “se desmoronaba fácilmente”.

Por eso, al sacarlo del sitio, terminó en fragmentos —el 60 % se lo había llevado la retroexcavadora— que luego pasaron por un proceso de reconstrucción. “Estudié el relleno de la vasija, lo trabajé, y no encontré ni semillas carbonizadas ni huesos o algo que diera a pensar que era una urna funeraria, sin embargo sí encontré ciertos rasgos de hollín en la base y por las características que presenta parece ser una vasija de tipo doméstico“.

Vega Arévalo también indicó que, por asociación, podría decirse que la vasija pertenece al período Marrón Inciso, un estilo que ha sido ubicado por los pioneros de la arqueología moderna en el Valle de Aburrá, entre los siglos I y VIII después de Cristo.

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Por norma nacional (Ley 1185 del 2008 y en decreto 763 de 2009), todas las obras de infraestructura que requieren permisos urbanísticos o ambientales para ocupar un área mayor a una hectárea también necesitan una licencia arqueológica, que cuente con un diagnóstico, una prospección de carácter exploratorio (algo así como una radiografía del terreno) y la formulación de un plan de manejo. Este último debe aprobarlo el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh).

En el caso de los hallazgos de Careperro, la arqueóloga Elvia Inés Correa formuló la fase teórica del plan y Germán Vega, la metodológica. Como la Alcaldía comenzó los trámites de licencia cuando ya las obras estaban marchando, los arqueólogos tuvieron que hacer la prospección (el trabajo preventivo) solo en el área que aún no estaba intervenida.

Esta consistió en una serie de sondeos cada 10 metros “en zig zag, tratando de cubrir la mayor área posible”. Fueron aproximadamente 15, de 40 por 40 centímetros. Según el arqueólogo, en el número 13 salieron fragmentos de cerámica o porcelana y algo de material contemporáneo y en el 15, salió una huella de poste de vivienda.

“La característica era que había mucho material incinerado, porque allá parece que se quemaron unos árboles” y según decía la gente, también lo usaban como un sitio para quemar basuras.

“Lo más triste era que en las partes más profundas aparecía material reciente. Eso quiere decir que de ahí para arriba está todo intervenido”. Y aunque encontraron una canica en el último nivel en el que salía la vasija, Germán y su asistente evidenciaron que la pieza no estaba alterada.

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Una tumba en el día de los muertos
Más pistas sobre el origen de esta cerámica podrían estar en otros hallazgos arqueológicos de la zona, como el mausoleo de los indígenas Aburráes encontrado en el cerro cercano de La Colinita, donde había piezas dentales de 9 individuos.

Pablo Aristizábal Espinosa, arqueólogo que lideró el rescate, contó que el encuentro sucedió el 1.° de noviembre de 2013, Día de los Muertos, cuando unos trabajadores de Empresas Públicas de Medellín estaban instalando un viento (cable para templar un poste) de soporte de energía eléctrica.

Al hacer la perforación en la capa asfáltica de la calle 10 sur con carrera 54-112 (barrio San Rafael), se creó un hundimiento que se fue haciendo más grande con las lluvias. Creyeron que se trataba de un problema en el alcantarillado, pero luego empezaron a encontrar piezas de cerámica y así se dieron cuenta que se trataba de una tumba.

Como consta en el libro “Los Aburráes, tras los rastros de nuestros ancestros” (2015), donde se divulgaron los hallazgos después de los estudios respectivos, se trataba de “un pozo con cámara lateral, y perteneciente al período Tardío de la cronología arqueológica definida para el Valle de Aburrá (siglo IX al XVI d.C.)”.

Tenía una profundidad de 2 metros desde la calle hasta la planta de la cámara, que presentaba una forma circular irregular de unos 2,8 metros de diámetro.

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“Encontramos todas las piezas muy bien conservadas, con el análisis forense supimos que eran 8 adultos y un niño. Se pudo hacer la separación de unas piezas que había de un collar con costillas de ñeque o de guagua, unos dijes, hasta una uña y varias piezas dentales con las que supimos cuántos individuos eran y cuál era su edad promedio”, apuntó Aristizábal. Allí también encontraron volantes de huso (elementos para tejer), fragmentos cerámicos, un cincel y narigueras de oro.

El libro además hace referencia a otro hallazgo en La Colinita, que hizo el profesor Graciliano Arcila en 1953, cuando por medio de guaqueros estudió una tumba con 213 volantes de huso. El texto también recopila hallazgos de otros dos cementerios en la ladera occidental de la ciudad: uno en la Universidad Adventista y otro en el cerro El Volador.

“Una vasija de éstas, una pieza o una tumba, no son nada ante los dientes de una retroexcavadora y la cuchilla de un bulldócer, eso queda hecho polvo, por eso son muy importantes estos trabajos”, indicó Pablo. Aunque la arqueología se trabaja fuertemente en la región hace unos 30 años, todavía hay poca información sobre los Aburráes.

Según Aristizábal, lo que se sabe de nuestros ancestros “es a través de los vestigios materiales, lo poco que contaron los españoles y lo que quedó en documentos coloniales, pero ahí no describen a las personas”.

Como dijo el experto, apenas en el 2011 comenzó en regla la exigencia de las licencias arqueológicas, pero para ese momento ya muchos de los sectores que fueron aldeas indígenas en el Valle de Aburrá estaban urbanizadas, como El Poblado, La Estrella, Envigado y Sabaneta.

Aunque el impacto social de estos hallazgos puede no ser tan fácil de valorar como una vía, Aristizábal Espinosa explicó que son de gran importancia, porque al ser patrimonio promueven procesos de identidad: “Esto es lo que hubo en este valle, autóctono y propio, es algo que nos pertenece a todos y que tenemos en común, porque es lo que nos dejan nuestros ancestros”.

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Por Jessica Serna Sierra
Jessicas@gente.com.co