Los placeres de la Monja

Los placeres de la Monja

Cuando era un niño tan feliz, los fines de semana mis papás no perdonaban la salida a puebliar por el campo antioqueño. Nos metíamos 6 en el Simca 1.000 que yo veía como el mejor carro del mundo ya que mi papá lo llenó de calcomanías, le puso llantas gruesas, cabrilla de carreras y le quitó el silenciador. Dos de cada tres paseos terminábamos empujando la nave en combo familiar, pero puedo asegurar que fueron los momentos más felices de mi vida, bueno, antes de conocer a mi media costilla.

En esa época por todas las carreteras había estaderos famosos y paraderos en donde probé fresas con crema, obleas con arequipe, chicharrón bogotano, mazorca asada chorreando mantequilla y arepas de chócolo con quesito. De todas esas rutas de comilonas legendarias, la más frecuentada era la vuelta a oriente que primero se hacía por Santa Elena y después por la mal llamada autopista Medellín-Bogotá que fue novedad por su túnel. Entre otras cosas muy poca gente se acuerda de la Hostería de las Nieves a unos 200 metros del túnel en donde amé por primera vez, la comida por supuesto, gracias al fillet mignón que servían magistral con tocineta, champiñones y espárragos. Cuando subíamos por Las palmas, la primera parada era por el chicharrón del reposo que mi mamá no perdonaba por nada del mundo. Una hora después, llegando al alto, íbamos a muchos sitios cuyo nombre olvidé. Más adelante nos paraban en Carabanchel antes de que hicieran la represa para que nos tiráramos por el rodadero de cemento de donde siempre salí con varios chichones, pero pleno de dicha. Los chuzos del pensil eran obligados. Aquí paró piano, De la Vaca a la Boca, El Tequendamita y Monte Nevado fueron la parada para el almuerzo a la fija con sus fríjoles de leyenda. A veces metíamos el carro hasta la orilla de alguna quebrada a jugar futbol y prender una fogata en la que mi mamá nos hacía masmelos asados, mientras oíamos chucuchucu de los hispanos en grabadora. Volvíamos al atardecer, casi todos dormidos, llenísimos de comer y de dicha. Hoy las familias salen a chatear, lo mismo que hacen en la casa todo el día.

La nueva vuelta a oriente es casi toda por doble calzada, ya no hay Simcas y la gente para a comer pizza, crepes o la carne asada que sustituyó la comida típica. A veces, atacado por la nostalgia, después de tener que sobornar a los inmamables con sobredosis de dulces montados en juguetes chinos para que dejen sus tablets, me llevo la familia a dar la vuelta a oriente. Hoy llego en 10 minutos al alto y mi aventura siempre empieza en la recta de la glorieta de Indiana, en Mercajuste donde compro las arepas de la tía Estela, las mejores de Antioquia, según mi compañero de notas culinarias en Gente. De ahí nos movemos unos metros hasta la Fonda de la Monja, probablemente el estadero de carretera que más les gusta a los mocosos estos (hoy me tienen rendido y furioso buscándoles disfraces carísimos por toda la ciudad).

Entrando allí se acaba las culpas por los excesos de manos de Andrés el cocinero, y su papá a cargo del servicio, conocido en el barrio del alto de las palmas como la monja, de donde proviene el nombre de su fonda típica de carretera, de la que empecé a oír hablar hace unos años del puño y letra de varios blogueros que allí se mantienen. Soy muy afortunado de que tanto la flaca como los insoportables odien los corazones de pollo y los riñones a la parrilla que allí me como impecables y exquisitos. Los chorizos, la morcilla y los chicharrones compiten con lujo por ser unos de los mejores de la región. Los fríjoles de los fines de semana son de espanto y miedo. Las arepas son perfectas, por igual las telas, las de chócolo y las de mote. Otro tema notable, probablemente el favorito de muchos de sus clientes, mi flaca y los detestables, son los asados, técnica que Andrés domina a la perfección; tiene una salsita roja inventada por él que es mi perdición como comensal y el descreste como cocinero. Por todo esto, no es raro, que La Monja sea el lugar favorito de gran parte de los cocineros del alto que hacen allí todos sus eventos y rematan sus jornadas de trabajo muertos del hambre. Andrés, sos mi ídolo, si fuera por mi estarías en la lista de los mejores sin duda.