La Polilla: 30 años haciéndole huequito a la tristeza

La Polilla: 30 años haciéndole huequito a la tristeza

Sentían pasos de animal grande. Era la década de los 80, y las drogas comenzaban a impregnar las vidas de muchos jóvenes de Medellín, incluidos algunos de sus familiares y amigos. Esa fue la realidad por la que Carlos Álvarez y otros 5 jóvenes que conformaban el grupo juvenil de Las Playas decidieron actuar.

“Pegamos unos carteles que hicimos a mano y conseguimos una señora del departamento de Toxicología del San Vicente de Paúl, para que nos dictara una charla sobre cómo prevenir la drogadicción”, cuenta Álvarez y explica que la expectativa era tanta, que creyeron poder convocar suficiente gente como para llenar la iglesia San Bartolomé, de Belén Rincón.

Sin embargo, no fue así. La conferencia estaba programada para un miércoles a las 7:00 de la noche y solo a las 7:20 aparecieron 4 personas que eran parte del grupo juvenil de ese barrio, entre ellas estaba Gustavo Restrepo. Se sentaron a conversar y después de asistir a una reunión, en la que se dieron cuenta de que ese grupo convocaba a más personas —y además tenía chicas—, decidieron unirse.

Con el propósito de trabajar por la comunidad a partir del grupo juvenil Servir, crearon comisiones según los intereses de los integrantes: salud, deportes, cultura… En ese proceso realizaron actividades en compañía de los vecinos, como jornadas de limpieza y siembras de árboles. Pero cuando las mesas de trabajo comenzaron a desaparecer, la única que sobrevivió fue la de teatro y así comenzó a gestarse la semilla de un proyecto cultural y artístico llamado La Polilla.

Hicimos la primera función en el año 86 con unas cortinas que nos regalaron las monjas y 8000 pesos que nos prestó el cura Emilio Betancur”, recuerda Gustavo Restrepo y añade que de esa manera, en el cuarto de su casa, comenzaron a hacer los primeros muñecos y escenografías y a crear las primeras historias.

Cinco años después, cuando ya eran parte firme del grupo Juan Carlos Guerra y Fernando Velásquez, lanzaron la obra que los catapultó como grupo de títeres: Pelusín Frutero, en la que se contaba la historia de un niño que vendía frutas en la calle para darle una mejor vida a su madre.

Justo antes de ese primer gran lanzamiento fue cuando Hader Guerra, actual director de la corporación cultural, entró en escena —como luminotécnico y aprendiendo sobre la marcha—. Su mamá lo había mandado a llevarle el almuerzo a su hermano Juan Carlos, él se encontró con un par de zancos y desde ese momento nadie lo sacó de allá.

Vinieron cambios como la formalización de la corporación en 1993 y el traslado al lugar donde hoy queda Carantoña, su primera sede. Además surgieron grandes proyectos como el Festival Mímame de mimos y payasos (1996), que, según cuenta el cofundador Elkin Giraldo (Elkin Mimo), comenzó siendo un encuentro para saber quiénes en la ciudad se dedicaban a este tipo de teatro y con el tiempo terminó convirtiéndose en un festival con talleres de formación, invitados internacionales y funciones para toda la ciudad.

“En La Polilla había una energía muy fuerte, tanto que de cada desacuerdo o cada renuncia, brotaba un grupo nuevo. Se fue Carlos Álvarez y montó el Circo Medellín, se fue Fernando y nació la Corporación Cultural Nuestra Gente, y Juan Carlos montó el teatro Carantoña”, expresa Hader Guerra. En ese sentido, lo que hicieron los fundadores de este espacio, aparte de formarse y compartir sus aprendizajes con otros, fue darle cimientos a una idea que 3 décadas después sigue reinventándose y transformando vidas.

Desde el 2000, con ayuda de los líderes comunitarios, Gustavo Restrepo, que fue el predecesor de Jader, había logrado destrabar un dinero que se había asignado a la corporación para conseguir una sede fija bajo la figura de comodato, es decir, comprada por la Alcaldía. Así llegaron a la carrera 76 con calle 23, donde centraron su energía en ofrecer programación constante al barrio y la ciudad.

A pesar de todos los cambios, el director de La Polilla explica que la gasolina que los motiva a seguir trabajando sigue siendo la misma: eso que ocurre cuando la gente llega al teatro o asiste a un taller, se identifica, piensa, hace catarsis o sale tocado con ganas de cambiar.

En 2017 la corporación celebrará los 20 años del Mímame con reflexiones nuevas que indagarán en las raíces de la comicidad, el teatro gestual y las danzas latinoamericanas. Asimismo, trabajarán en 4 creaciones artísticas nuevas, continuarán con el cineclub y la programación en el teatro y buscará llevar el proyecto “Sin fronteras por la alegre América” hasta las favelas de Río de Janeiro en Brasil. Este proyecto, basado en la experiencia Barrio Comparsa, busca bajar la tensión en lugares marcados por el conflicto, recorriéndolos con comparsas y muestras artísticas, como lo hicieron en Medellín durante los años 90 y también en México en 2014.

Por Jessica Serna Sierra
Jessicas@gente.com.co