El mundo natural que esconde el club El Rodeo

El mundo natural que esconde el club El Rodeo

El mundo natural que esconde el club El Rodeo

Un recorrido por la biodiversidad de una de las zonas más ricas en flora y fauna de la ciudad, ubicada entre Belén y Guayabal: el Club El Rodeo.

A finales de los 80, desde una ventana del Circular Sur, Carlos Idárraga imaginaba lo que había tras las puertas del Club El Rodeo. Aunque vivía cerca de allí, en Belén Parque, nunca había entrado a esa “manga grande” con la que se topaba a diario, camino a las clases de la Tecnología Agropecuaria que cursó en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid.

Hace 30 años, cuando entró a trabajar allí, confirmó que ese campo era un paraíso verde invaluable para la ciudad: “Un edén en medio de la locura que es Medellín”. Por eso hoy no duda en decir que aun con los problemas y responsabilidades que conlleva coordinar un campo de golf de 370.000 metros cuadrados, ese espacio “es la mejor oficina del mundo”.

Los primeros terrenos (85 cuadras que formaban parte de la finca de la familia Díez Montoya) los adquirió el 7 de marzo de 1953 la Sociedad Anónima Club Campestre El Rodeo, que se había fundado el año anterior por voluntad de 50 socios entre los cuales se encontraban abogados, ingenieros, médicos, arquitectos, administradores y empresarios.

Antes de esa época no había en la ciudad un campo en el que se pudiera practicar el deporte de los 18 hoyos y el resultado de esa historia es el que ahora recorre a diario Carlos Idárraga en un carro de golf, en el que da ronda a los árboles, a los animales y a la sección de La Guayabala que atraviesa el terreno de juego y que sirve para llenar los lagos y regar el césped a partir de 250 válvulas de aspersión.

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Idárraga cuenta que el club tiene casi 60 hectáreas, de las cuales 37 son parte del campo de golf y el resto es área construida. Se calcula que hay aproximadamente 3000 árboles, entre ellos, samanes, frangipanis, acacias, tulipanes africanos, cascos de vacas, almendros, calistemos blancos y rojos, diversidad de palmas, árboles frutales (como los mangos y la poma rosa) y otras especies introducidas como los eucaliptos y pinos.

Además de embellecer y delimitar las zonas de juego al interior del club, esta masa arbórea conforma una red ecológica existente entre El Rodeo, el Aeroparque Juan Pablo II y San Juan, por la cual se moviliza la fauna. De hecho hay un ave bastante especial, de la familia de los Coragyps atratus, o gallinazos comunes, que hace 2 años pasó por el club y se quedó a vivir allí.

“Era muy pequeño cuando llegó, yo veía que andaba y andaba, pero no se reunía con los otros porque le hacían el feo. Entonces me dio pesar y le empecé a traer comida, se fue arrimando hasta que al fin me recibió de la mano”, cuenta Carlos y agrega que ahora incluso el animal lo reconoce y lo espera todos los días, a la hora de almuerzo, para recibir el alimento que él le lleva. “Ese es el amigo mío, se mantiene por aquel barranco y después de las 12 aparece porque sabe que yo tampoco le fallo”, expresa el coordinador del campo.

Pero ese no es el único animal que ya lo identifica. Cerca de uno de los 6 lagos del club, 3 patos de 4 meses comienzan a graznar tan pronto advierten la presencia de Carlos. “Es que ellos me ven a mí como un maíz gigante”, dice él entre risas y explica que, aunque la dieta de estos y los otros 60 patos que habitan el club está basada en el pastoreo y los microorganismos de las aguas, ellos la refuerzan con este grano 2 veces a la semana. Lo mismo sucede con los gansos, de los cuales hay cerca de 10 en todo el club.

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En el piso un alcaraván extiende las alas para cuidar sus huevos. “Cuidado, querida, no nos amenacés”, le dice Carlos mientras se acerca con cuidado y explica que “llueva, truene o relampaguee, esa muchacha está ahí, casi no se mueve, ni para comer”. Por eso, con el fin de protegerlas a ellas y a sus crías, los golfistas marcan con ramas los sitios donde estas aves ponen sus huevos.

Entre las especies de aves que ha visto Carlos en su “oficina” está el martín pescador, el chamón gigante, las garzas, las ibis negras, los loros y las guacamayas. Además, entre los árboles y el césped especial del campo (grama bermuda 328) se mueven otros animales como zarigüeyas, ardillas, iguanas, tortugas y zorros de monte.

“Acá todos son muy territoriales, entre ellos mismos hay competencia, no se pasan a los lagos de los otros”, dice el coordinador mientras señala un pato silvestre de color café, también conocido como pisingo, que fue el único no introducido en el ecosistema, los demás los trajeron los socios.

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Para él la fauna es uno de los atractivos de los campos de golf en el mundo y la naturaleza que albergan es parte del ambiente en el que se desarrolla el juego. En El Rodeo, por ejemplo, se registran entre 800 y 1000 juegos mensuales, y, aunque Carlos nunca se había acercado tanto a esta disciplina antes de ingresar a trabajar al club, confiesa que desde la primera vez que tuvo la oportunidad de pegarle a una pelota se dio cuenta de que el golf era especial: un desafío en el que el reto es dominar el campo.

Por Jessica Serna Sierra
jessicas@gente.com.co