“A punta de trabajo, hicieron el barrio La Paz”

"A punta de trabajo, hicieron el barrio La Paz"

“A punta de trabajo, hicieron el barrio La Paz”

Sobre el terreno de una antigua finca se construyó el barrio La Paz, de Envigado. Su historia ha sido protagonizada por gente trabajadora y servicial.

Del pequeño caserío rodeado de mangas que recuerda Aurora Orozco, Aurorita, como le dicen los que le tienen confianza, no queda nada. “¡Yo estoy asustada es de cómo se pobló esto por acá! Antes no eran sino las 14 manzanas y ya después empezaron a construir los otros sectores, y mire, ahora todo está lleno de edificios”.

Y ella lo dice con toda la autoridad, porque vive en La Paz desde 1971, año en que su familia llegó desde Sevilla, en el Valle del Cauca, y se amañó en Envigado: “Primero llegamos a pagar arriendo, y con el tiempo mi papá compró la casa, ahí vivimos hasta hace apenas 5 meses, que la vendimos, la tumbaron y están construyendo un edificio”.

De esos días de antes, Aurorita recuerda que la gente era muy servicial y a su familia, que venía de lejos, la acogieron muy bien. “Muchos de nosotros llegamos muy pequeños y éramos una familia muy numerosa, de 18 personas, entonces todo el mundo admiraba mucho la forma en que mi papá trabajaba para sostener el hogar y la gente era muy servicial, además, el entorno era muy agradable y muy seguro”.

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En ese entonces, La Paz era solo un caserío construido por el Instituto de Crédito Territorial, alejado del casco urbano de Envigado, rodeado de mangas y emplazado en el terreno que antiguamente fuera la finca de María Paz Correa. Cuando el instituto compró el terreno, donó la casa principal de la finca a la comunidad. Los vecinos instalaron allí la escuela Leticia Arango de Avendaño, cuya estructura original se conservó hasta el 2014, cuando fue remodelada.

Y es que La Paz siempre ha sido un barrio de gente trabajadora. A punta de convites, venta de empanadas y otras actividades, los vecinos obtuvieron recursos para construir la parroquia e instalar los primeros amoblamientos. “La parroquia la empezaron a construir como finalizando 1969 y empezando 1970. Por eso, cuando nosotros llegamos todavía era un quiosco en el que se celebraban las misas“, recuerda Aurorita.

Varios años más tarde se construiría la cancha de fútbol que también se ha convertido en referente del barrio. “Esa sí la financió Pablo Escobar. Fue después, con el tiempo, que la Alcaldía la adoptó y la mejoró”, reconoció Aurorita y explicó de inmediato que con el capo del narcotráfico, que creció y pasó su juventud en el barrio, “nadie se metía, todo el mundo era callado y muy apático a la situación. Es más, él aquí tenía amigos y todavía quedan, pero nadie se metía con las cosas de él, y él tampoco se metía con nadie”.

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El recuerdo de esa época parece incluso más vivo en los turistas que en los mismos vecinos del barrio. Hoy es común ver turistas recorriendo la calle 46A sur, tratando de ubicar el sitio donde Escobar vivía. “Viene mucho extranjero a buscar la casa, preguntan mucho por eso y toman fotos”, dijo Aurorita.

Pero ella, que ha sido testigo de primera mano del desarrollo y crecimiento del barrio, y que incluso llegó a ser presidente de la hoy extinta junta de acción comunal, prefiere alimentar otro tipo de memorias, cuando “cada quien se dedicaba a sus oficios. Estaba, por ejemplo, doña Dilia, que tenía un almacén en su casa y vendía las lanas, los hilos, todas las cositas que uno necesitaba. Y estaba también don Confite, el zapatero, que realmente se llamaba Alberto Santamaría y, cuando uno iba a arreglar los zapatos, el señor no podía ni saludar porque mantenía la boca llena de puntillas”.

Del presente de La Paz, a Aurorita le preocupa que, aunque ahora hay más vías, “las rutas de transporte son muy malas porque ninguna entra al barrio, sino que llegan a los alrededores”. Y también la inquieta la inseguridad, “porque uno oye a cada rato que atracaron al uno y al otro, o que se metieron a robar en una casa”. Lo que sí espera es que las autoridades le echen un ojito al barrio, para que vuelva a hacer honor a su nombre.

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Por Sergio Andrés Correa
sergioco@gente.com.co