El Salado, donde conviven el campo y la ciudad

El Salado, donde conviven el campo y la ciudad

El Salado, donde conviven el campo y la ciudad

El ser vecino inmediato de una vereda le ha regalado a este sector la dicha de brindarle a su gente tranquilidad, frescura y buen ambiente.

Mil pesos le costó el solar a la mamá de doña Blanca Ligia Ochoa hace 65 años, y hasta ese momento unas cuantas y contadas casas se habían levantado en la actual poblada calle 40 sur, la principal vía de acceso al barrio El Salado y que de ahí en adelante se convirtió en el lugar de doña Blanca.

Como el precio solo era la séptima parte de lo que la familia recibió por la venta de su anterior finca (en lo que actualmente es el Ecoparque Turístico El Salado), los papás de la señora adquirieron 2 lotes más en la misma cuadra para otros familiares.

En esta hoy solo permanece Blanca Ligia, todos se fueron. Y ella, feliz en el que hace mucho dejó de ser un solar y pasó a convertirse en el frente de una hermosa casa pintada por su hijo y decorada con matas y flores, se declara una fiel vecina, de las de siempre y toda una vida. De las que no se aburren “en esto tan amañador… y de acá pa’l cementerio”.

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La señora Ochoa ha sido afortunada, ha conocido las 2 caras del vecindario donde nacieron y se criaron sus 7 hijos. Primero, la rural y luego la del barrio. Ambas, que fueron hace décadas parte de una gran localidad llamada El Chinguí (hoy, barrio, y a la que también pertenecía, por ejemplo, la actual loma El Escobero), lograron su desarrollo por el empeño característico de la gente que allí ha vivido.

Sobre esto habla con propiedad Carlos Gaviria Ríos. No es vecino de El Salado ni conoce a doña Blanca y su casa, pero si alguna transformación ha llamado la atención del historiador y conocedor de casi todos los rincones del municipio, es la de esta zona envigadeña.

Barrio de obreros
De la antigua La Chocolatería (el primer lugar de parada que encontraban los comerciantes cuando venían desde El Retiro o el último de acá para allá, y en el que podían comprar más que un chocolate caliente) solo queda el nombre y es de un parqueadero. Era una casa vieja, de tapia, y con su demolición, debido a que fue afectada por un accidente automovilístico, le dio paso al parque ecológico y turístico.

De esa época todavía se conserva (en la glorieta que hoy en día da paso del barrio a la zona rural) el estadero La Última Copa, llamado así por ser el último sitio de tragos para los que viajaban al oriente (o, al igual que el anterior, el primero para quienes llegaban, ese orden no importaba). Pero, ¿como así que eran referentes tipo límites; qué tienen que ver estas paradas con otros municipios cercanos? Mucho, este sector de Envigado fue clave en su actividad comercial y todavía sigue siendo paso productivo.

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De acuerdo con Gaviria, El Salado, junto con La Mina y San Rafael, son barrios que se fueron urbanizando conforme iban creciendo las empresas del municipio, en gran parte por sus terrenos de menor valor, si se comparan con otros, como los de La Magnolia: “Eran planos, más asequibles y aprovechados por los obreros para instalarse. El Salado empezó a nacer a partir de esa industrialización (la de 1915, con la llegada del ferrocarril y de Rosellón) y de la activación de los caminos de salida hacia el oriente (Rionegro, El Retiro y La Ceja), que fueron por mucho tiempo los únicos, al menos desde el sur del Valle de Aburrá. La dinámica rural de esta zona fue muy importante: los caminos permitían sacar los productos cosechados para su comercialización”.

Pero su esencia barrial como tal, su transformación, la puso su gente aproximadamente en los años 40, cuando obreros, sus familias y demás que se iban sumando establecieron las juntas de accción comunal (JAC). Este paso apartó al sector de El Chinguí, La Mina y San Rafael, pero no lo alejó de sus orígenes, porque fue bautizado en honor a los viejos ojos de sal que solían formarse y explotarse en el siglo XIX en su tan mencionada zona rural. Zona que tiene nombre: vereda El Vallano, y a la que hace miles y miles de años cubrían los mares que dejaron huella con aquellos charcos densos de los que, hasta la época de la república, podía extraerse sal para ponerla a secar.

Una vez creado, el barrio asumió que no era tanto uno de los sitios ideales y de menor costo de vida para los trabajadores, sino que podía brindarles a estos mayores beneficios. “Dentro del mismo barrio otros pequeños sectores fueron formando también sus JAC —como la de Jesús de la Buena Esperanza, El Cristo y Barrio Nuevo— pues fueron entendiendo que cuando los vecinos se organizan posibilitan la evolución social, económica y material de un sector. A pesar de las diferencias entre sus miembros, en las juntas los une la visión común, que es la de mejorar el barrio. En El Salado lograron hasta su propia institución educativa; las familias han sido muy unidas. Es una comunidad insistente ante las administraciones municipales, y estas atienden las necesidades de la comunidad si las conocen por medio de la misma. Por lo general son procesos difíciles y lentos, pero con resultados; en este barrio de gente decidida sí que se han visto”, afirma Carlos.

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Uno que no se transformó tanto
Hoy no está solo el grupo fundador de obreros; familias de todo tipo transitan a diario en una zona no industrializada, pero sí movida por el comercio menor y en la que es común encontrar un negocio en cada esquina. Caso un poco contrario al de su lado rural, pues El Vallano conserva sus propiedades de campo y por la vereda todavía se ven arrieros que se niegan a abandonar sus tradiciones familiares.

Los pocos que hoy montan descalzos sus mulas ya no llevan productos hasta el oriente, pero están autorizados para transportar lo que resulta de los cultivos maderables de la zona, para extraer material de las quebradas y para participar en procesos controlados de producción de carbón.

Son parte del paisaje emblemático de El Salado y El Vallano. Subidos en los animales que por años han adiestrado (y que cuentan con la fuerza y nobleza que requiere este oficio), dejan claro paso a paso por qué es importante el sector que aún habitan, ese que ha abierto caminos en Envigado no solo de comercio, también de cambios, progreso y conservación.

Por Luisa Fernanda Angel
luisaan@gente.com.co