“Cambié asepsia por mugre y hoy soy más feliz”

"Cambié asepsia por mugre y hoy soy más feliz"

“Cambié asepsia por mugre y hoy soy más feliz”

Para Hilda María Gil el reciclaje, además de oportunidad de vida, es amor. Es la fundadora de Preambiental, cooperativa de Envigado que está cumpliendo 15 años, y esta es su historia.

A pesar de ser 1 de las 9 niñas de la casa, Hilda María Gil prefería jugar con sus 2 hermanitos hombres. Le encantaba el mundo de los niños, sus juegos y actividades. Sin embargo, cuando recogía de la basura tablas, estibas y cartones para construir carritos de rodillos y tela para armar las cometas que elevaba con los niños después de jugar trompo y bolas, recolectaba también palitos de paletas (que no eran planos como los de ahora, sino de guadua), para convertirlos en los brazos y las piernas de las muñecas que les regalaba a sus hermanas. Ah, bueno, y de la tela de las cometas dejaba unos cuantos recortes para entregárselas con vestidos.

Lo hizo hasta los 11 años. Por esa época (más o menos en los 60) los 11 hermanos y sus papás vivían en San Mateo y cerca de su casa, donde está la cancha sintética, quedaba el rodadero en el que la gente tiraba los desechos que acumulaban en tarros de galletas. Allí descubrió su vocación, desde eso ha reutilizado objetos, sentimientos y emociones. Aunque la ha guerreado parejo y su vida no ha sido fácil, en el reciclaje Hilda encontró la felicidad: “Es una oportunidad de vida, un oficio como todos y no un escampadero. Es amor, y si nace del corazón, se hace bien. Moriré siendo recicladora“.

Y, con fortuna, todavía falta tiempo para eso. A los 66 años está enterita y llena de orgullo cuenta cómo llegó a convertirse en la fundadora de Preambiental, reconocida cooperativa envigadeña que por estos días está de cumpleaños, el número 15.

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Las personas suelen salir de elementos con vida útil, “porque la sociedad de consumo las pone a comprar mucho”. Por eso ella nunca dejó de rescatarlos para darles una segunda vida. Así continuó ya siendo mamá y a sus 6 hijos (4 propios y 2 de su esposo) los sacó adelante con esta labor. Primero, vendiendo sus manualidades. Después (y por 30 años —15 acá y 15 en Venezuela—) fue manicurista, pero a pesar de tantas décadas ahí no se quedó; al contrario “cambié la asepsia por la mugre, porque me daba más y me gustaba. Hoy soy más feliz”.

Como empleo de tiempo completo lo asumió al volver del país vecino. Empezó a visitar a un amigo de infancia, dueño de una chatarrería en Envigado y al que varios recicladores le llevaban lo recogido. Se volvió cercana a varios y con los días la inspiraron, le recordaron su gusto de toda una vida y decidió meterse de lleno, sin importar que su familia y allegados sufrieran “casi que un colapso, lo veían mal por estar con gamines. Pero no lo son, son personas que tienen un trabajo llamado reciclaje y viven de él, como muchos otros de otros oficios”.

Empezó su propia campaña y justo lo hizo con los suyos, iba donde sus hermanas y conocidos y les pedía que le guardaran material reciclable, también a sus exclientas de arreglo de uñas. Por un buen tiempo recolectó de 4 a. m. a 12 m. (algunas veces repetía en las noches hasta la madrugada), después separaba y vendía y hasta empezó a vender periódico los domingos para invitar, con ese ingreso extra, a sus hijos a comerse un helado los domingos “o dar una vueltica. El reciclaje me daba para sus estudios y la comida, y lo de la prensa, para las salidas. Siempre he sido organizada, por eso me rendía tanto. A mis hijos los ayudaba al comienzo de las carreras y después, muy juiciosos, se esforzaban por becas”.

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Surgió un gran proyecto de vida
Este arranque que tuvo fue en 1997 y así, solo en compañía de unos cuantos colegas, duró un par de años recorriendo uno que otro barrio y dando a conocer su labor, aparte de generar los ingresos necesarios. Recuerda que “Enviaseo nos vio trabajando, no fue casualidad, sino una Diosidad: cosas de Dios, ambos nos necesitábamos. Entonces nos prestaron una volqueta y nos indicaron microrrutas de recolección; cuando no podían prestarla nos íbamos a pie. Pero luego, por peculado, por ser funcionarios públicos, ellos no podían seguir apoyándonos de esta forma. Nos propusieron organizarnos, no estar desvertebrados. Desde el 2000 continuamos solos y, eso sí, nos prestaron una volqueta”.

Hilda María acató las sugerencias y empezó a reunir a su gente, al punto que llegó a convocar unos 120 recicladores (los tenía ‘censados’, identificados en cada chatarrería que visitaba). En medio de tintos los fue convenciendo e intentaba hacer lo propio por los lados administrativos: “Empecé a proponer y promover pagos al reciclador, porque generaba materia prima para las empresas, les ahorraba. Mi propuesta nunca tuvo eco, pero la cantaleta siguió hasta que la gente reconoció el impacto ambiental y la necesidad de este oficio”.

De esos 120 siguieron fijos 18, esta es una población flotante, van y vienen (es más, hoy por hoy son cerca de 300 los que trabajan en Envigado por su cuenta, sin ser parte de este grupo). Y a esos 18 los empezó a beneficiar la Secretaría de Desarrollo Económico y el Sena con asesorías para formar empresa, “porque nos tocaba ser un ente jurídico para recibir donaciones y ayudas que como personas naturales no”.

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De los 18 quedaron 3 (aunque los demás, en su totalidad, sí siguieron reciclando). Para el proceso jurídico ya contaban con 2 capitales: el humano y el material, faltaba el financiero, había que buscar un padrino para buscar el local de acopio y clasificación, el director ejecutivo y la logística (todo esto es lo que conforma una precooperativa).

Enviaseo pudo volver, esta vez como padrino y les dio 3 meses de apoyo como prueba. Con los días el hecho de sacar cuentas y administrar se volvió complicado “y entendimos que había que estudiar, yo había hecho hasta quinto de primaria (ni siquiera sabía qué era una seguridad social). Ensayé un domingo en el bachillerato semiescolarizado y me quedé, todos lo hicimos y nos graduamos“.

El grupo iba creciendo, y el manejo de la bodega los hacía fuertes. El 10 de enero de 2003 ya nació la cooperativa y la llamaron Preambiental. Varios han sido los funcionarios protagonistas, “los que nunca nos han abandonado, pero, por encima de este apoyo, nosotros lo formamos, fuimos la cabeza”. Con Preambiental surgieron otras líneas de acción (barrido y recolección, mantenimiento de quebradas y manipulación de alimentos, entre otras) y se generaron unos 450 empleos directos en Envigado.

En cuanto a los recicladores, los 40 actuales (hablando de los agrupados a la cooperativa) recorren de lunes a sábado 14 de los barrios de la ciudad y aspiran en 4 años cubrir todo el territorio. En medio de su entrega y dedicación esperan que algún día todos aprendamos a separar lo útil de lo ordinario, a apreciar más su oficio, pero sobre todo a recuperar de lo desechado lo valioso (en cada aspecto de la vida).

Por Luisa Fernanda Angel
luisaan@gente.com.co