El Jardín del Arte que se marchitó en Laureles

El Jardín del Arte que se marchitó en Laureles

El Jardín del Arte que se marchitó en Laureles

Al cumplirse 60 años de la muerte del escultor José Horacio Betancur, recordamos la historia del lugar que impulsó su obra: el Jardín del Arte de Medellín.

Todo parece indicar que ninguna voz se alzó para defenderlo. Como si el Gobierno, los artistas y los ciudadanos en general hubieran sucumbido ante una espiral de silencio, motivada por el desinterés. Lo cierto, lo preciso, es que fue derrumbado, que hoy no existe, que en su lugar hay una edificación más reciente y que se ha convertido en un recuerdo icónico entre quienes tuvieron la oportunidad de vivir el Laureles construido a imagen de las ideas de Pedro Nel Gómez.

El Jardín del Arte de Medellín, que otrora estuviera en un lugar privilegiado de la carrera 76, antes de cruzar la calle 35, frente a la parroquia de Santa Teresita, dejó de existir en 1968, pero tras de sí quedó una historia fascinante que se resiste a morir en la memoria de quienes alguna vez pisaron su suelo.

María Antonieta, la mecenas
La casa de María Antonieta Pellicer Puig, mejor conocida como María Antonieta Pellicer de Vallejo después de casarse con el ingeniero colombiano Carlos Vallejo, no se parecía a ninguna otra del creciente barrio Laureles en 1955.

“Sobre la arquitectura de la casa hay un elemento que en las conversaciones de quienes vivieron aquella época se va configurando y es su estilo muy mexicano. Se trata de una casa distinta. En Laureles todas las casas eran construidas por una familia de acuerdo con sus necesidades, su número de hijos, entre otros criterios. Pero esta casa fue pensada en función del sentido artístico”, consideró Juan Diego Acebedo, uno de los propietarios de la galería Un Punto Fijo.

Y es que la estructura rompía completamente con el entorno: 3 pisos en la parte frontal, que contenían los recintos en los que habitaba la familia y un enorme patio, rodeado de plantas, que se extendía hasta la parte posterior de la cuadra, delimitada por la carrera 77. En medio del patio, una amplia piscina en forma de 8 y al costado, un bar para reuniones sociales. La fachada, dotada de ventanales, permitía a los transeúntes observar el interior de la casa.

“En esa piscina aprendimos nosotros a nadar. Yo me gané un muñequito de esos que tocan todos los instrumentos por haberme atravesado nadando la piscina de lado a lado, por la parte más delgadita de la figura del ocho”, rememora el artista antioqueño Miguel Ángel Betancur, hijo del escultor José Horacio Betancur, a quien María Antonieta rescató de la censura y ayudó a dar un nuevo impulso a su trabajo artístico.

Luz María Acebedo, copropietaria de la galería Un Punto Fijo, señala que “ahí hay toda una historia de valoración del arte, por la cual María Antonieta se convierte en protectora de José Horacio”.

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María Antonieta y José Horacio
Tristemente célebre para la época por la controversia que habían generado sus obras, que no le temían a la desnudez, que rescataban la herencia indígena y la dignificaban en medio de una sociedad de furibunda tradición conservadora, José Horacio Betancur terminó abriendo, para subsistir, una marquetería en el barrio Buenos Aires.

Con su escultura La bachué, perseguida y señalada de inmoral por la Iglesia católica, José Horacio había alcanzado los titulares de prensa. Notas periodísticas de la época dan cuenta de que los reflectores de los medios se enfocaron en la polémica, dejando de lado la propuesta artística del escultor.

Durante la construcción de su casa, “María Antonieta Pellicer estaba buscando a alguien que le hiciera unos marcos para unos cuadros y le dijeron que en (el barrio) Buenos Aires había un artesano muy bueno, que hacía unos marcos muy buenos en madera, y así fue como ella encontró a José Horacio; al hablar María Antonieta con él, vio debajo de la mesa un relieve tallado en madera y le preguntó: ‘¿Quién hizo eso?’, y José Horacio le contestó: ‘Eso lo hice yo’. Ella le replicó: ‘No, ¡pero como así que lo hizo usted!, en mi tierra los que hacen eso son artistas. Usted es un artista. ¡Cómo así, por Dios!’, entonces esa es la raíz de la familiaridad entre ellos”, narra el maestro Miguel Ángel Betancur.

Surgió entre ellos un acuerdo tácito: María Antonieta hacía encargos al artista, que se exponían en el patio de la casa, que después se conocería como el Jardín del Arte.

“Las puertas de la biblioteca del Jardín eran talladas por José Horacio, con dibujos en relieve; el bar, que estaba al lado de la piscina, tenía todos los mitos de Antioquia tallados: La llorona, El hojarasquín del monte, La pata sola, El cura sin cabeza, La madre monte. Cuando José Horacio hizo El Cristo de los Andes, María Antonieta se lo compró y lo colocó en el segundo piso. Esa es toda la génesis la relación de Antonieta y José Horacio”, indica el hijo del escultor.

Auge y declive
Convertido en punto de encuentro para el gremio artístico de la ciudad y en atracción turística que se promocionaba en el exterior, el Jardín del Arte y la parroquia erigida en frente sostuvieron siempre una relación antagónica. Varias páginas más serían necesarias para ahondar en los desencuentros entre María Antonieta, como mujer liberal y de amplia visión, y la Iglesia católica de Medellín.

Lo cierto es que los días de gloria del Jardín, que no solo acogió la obra de José Horacio Betancur, sino también de otros exponentes como Harvey Rendón, Rafael Sáenz, Óscar Rojas, Jesusita Vallejo, Pablo Agudelo, Emiro Botero y Fernando Torreblanca, por mencionar algunos, no duraron mucho y antes de terminar la década del 60 ya había cerrado sus puertas.

Varias versiones coinciden en que al morir el ingeniero Carlos Vallejo, María Antonieta, la viuda, la mujer que no se sonrojó por las formas desnudas del cuerpo humano representadas en el arte, la mecenas que hizo de lado cualquier juicio de indecencia sobre lo estético y encaró una sociedad y una época, se fue debilitando.

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“Hay detalles que habría que precisar, pero todo apunta a que luego de la muerte de su esposo, ella y la hija adoptiva de ambos empezaron a tener una serie de dificultades familiares”, corrobora Juan Diego Acebedo.

“José Horacio murió en el 57, y en el 63 el Municipio de Medellín le compró varias obras a mi mamá, entre ellas La bachué. Cuando se fue a sacar la escultura, los recortes de prensa mostraron la locura en que estaba ya Antonieta, que se amarró una cuerda en la cabeza porque no la quería dejar sacar, porque ella decía que esa escultura era de ella y que prefería que la sacaran a ella muerta“, concluye el maestro Miguel Ángel. Lo demás sigue siendo historia.

Por Sergio Andrés Correa
sergioco@gente.com.co