En Envigado hay una casa hecha a punta de piedritas

En Envigado antioquia hay una casa hecha a punta de piedritas

En Envigado hay una casa hecha a punta de piedritas

En Envigado hay una casa encierra una historia de entrega y pasión. Todos podemos entrar a este lugar y aportar a la construcción de un sueño. ¡No se quede sin visitarlo!

Este rincón debería ser parada obligatoria en Envigado. La magia que se tomó hace 29 años la casa de Gloria Ochoa y Santiago Rojas debería ser experimentada por los vecinos del barrio San José y los no tan cercanos.

Seguro que en casi 3 décadas usted ha escuchado por ahí sobre La casa de las piedritas, pero otra cosa es recorrerla, otro asunto distinto a los comentarios de calle es conocer la historia por parte de esta pareja de enamorados. A ella le brotan sonrisas cuando lo nombra y habla de sus locuras, y a él se le salen las lágrimas y se le quiebra la voz por el amor que le tiene… tan grande y fuerte que, sin bases teóricas, lo convirtió en el arquitecto y el constructor de un lugar cuyo diseño es digno de admirar hasta por el más experto.

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Santiago es del barrio. La casa de sus papás, donde vivió hasta casarse, quedaba justo al lado de la que es hoy su proyecto de vida, solo que esta era propiedad de su tía Gertrudis. A ella le repetía una y otra vez siendo un niño: “Tía, cuando crezca y trabaje en Rosellón, le voy a comprar su casa”.

Gloria en cambio creció en La Mina y estudiaba en La Normal. Por años pasó al frente de la casa de Rojas y nunca lo vio, solo hasta que llegó al bachillerato. Está segura de que la enamoró su pinta descomplicada, siempre lo veía en pantaloneta, con gorra, descalzo y lleno de manillas: “Ese gamín me fascinaba”.

Santiago era mujeriego. Por eso Gloria nunca se hizo ilusiones, y aun cuando empezaron a hablar constantemente y cuando él le dijo que la presentaría a sus papás, ella prefirió no considerarse una novia (una de tantas), simplemente fue y cayó muy bien. La visita permitida para el joven era de 7 a 9 p. m.; si llegaba después de esa hora, encontraba la puerta cerrada, y para que su nueva conquista supiera que él había pasado a verla, aunque tarde, le lanzaba una piedra a su ventana. (Algunas de esas piedritas hoy son parte de lo mágico…)

Tan buena muchacha y de familia decente era Gloria que, estando muy enfermo, el papá de Santiago le dijo que si se iba a “organizar”, debería considerarla a ella como su esposa. Un mes después de su muerte le hizo caso y le pidió matrimonio. Gloria aceptó, así como acepta hoy que no llegó al altar enamorada, porque ni tiempo le dio. Definitivamente perdió la cabeza por este hombre ya estando casados.

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En la boda él le prometió darle a diario una flor y construirle una casa de piedras. Esta última, por el hecho de haberle lanzado tantas a la ventana y por tanto tiempo (son las ya mencionadas, esas que ella logró guardar —recogiéndolas el día después de que él las tiraba, adivinando— y que hoy están pegadas en diferentes sitios de la casa).

Solo hasta poco más de 10 años de haberse casado, Santiago le pudo comprar la casa a su tía Gertrudis, aunque no estuvo en Rosellón como anhelaba; de hecho, le tocó trabajar muy duro para reunir el dinero. Quien visite hoy el hogar de este matrimonio todavía encuentra en la entrada y en la sala la estructura original de la vieja casa, levantada con tapia y cagajón de caballo. Pero al dar unos 5 pasos hacia el fondo todo cambia, empieza a sentirse la magia.

Por supuesto tiene cemento y adobe, pero, palabras más palabras menos, esta casa es de piedra. Las hay de todos los tamaños, formas, tonalidades y orígenes, vienen de varias regiones de Colombia y de diferentes países y continentes. Se pueden ver intercaladas con guadua, caña, azulejos, tejas, escombros, restos de iglesias y otras edificaciones, vitrales y hasta lentes de anteojos. Todos, materiales pulidos, tallados, pintados y acondicionados al gusto y buen ojo de Santiago.

Su trabajo de construcción es diario. Aunque, como dice él con gracia, entra a su “oficina” a las 12 del día, pues sale después de las 10 de la noche, las ideas muchas veces le llegan a las 3 o 4 de la madrugada. Aun así, en las casi 3 décadas que lleva edificando La casa de las piedritas, Gloria nunca lo ha visto cansado ni renegando, a diario su imaginación crea algo nuevo y hoy algunos ambientes alcanzan los 3 pisos de altura. Así, sin planos ni bocetos.

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Recorrerlos es increíble. En ese laberinto (contando que algunas paredes parecen entradas a cuevas), uno pasa de una habitación a un fresco patio donde hay una fuente con peces, luego a otro cuarto diseñado por el innato arquitecto, quien ha sacado de la nada las formas de sus innovadoras camas, después a un balcón que pronto conectará a otro nivel, y de ahí a otro patio cercano a una cocina única, y así…

En ella y en otros rincones uno puede ver las flores que a diario le da este enamorado a su compañera de aventura. Así estén enojados y él no las ponga en agua como ha hecho en los 40 años y medio que llevan de casados, se las deja a la vista para que ella se encargue. Este par vive a su ritmo y a sus anchas. De la ejecución de la sana locura que alimenta la idea de Santiago se encarga él, mientras ella le aporta limpieza y orden a ese envidiable manicomio.

A decir verdad, los 6 metros y medio que tiene de frente este sitio no dicen mucho sobre él. Son las grandes piedras de base (estas van sueltas, sin cemento, por si tiembla solo se acomodan y la casa no corre riesgo alguno) y que soportan los más de 160 metros de fondo y sus niveles, esas que dejan a la luz y a los ojos de todos el sello único que esta casa le otorga a la ciudad. De hecho, el municipio la conoce y la respeta. Y quién no, si es que lo que han forjado las manos de Santiago no es fácil de describir, pero sí digno de contemplar y aplaudir.

Con esa sensibilidad tan suya y esos ojos que cuando se encharcan reflejan más su transparencia, asegura que no tiene idea de cuándo terminará este, su gran sueño. Es cierto que está materializado, pero todavía le falta. Gloria lo sabe y es la que menos afán tiene, ella cuenta que “a diario me llega con algo nuevo, es una caja de sorpresas y yo lo disfruto. Cómo no vivir feliz”. Él, por su parte, quiere construir a diario y hasta que se quede sin fuerzas: “Yo no me veo jubilado, esto nunca me ha agotado. Trabajo por ella, por mis hijas y mis nietos… A mí lo que me motiva es el amor”.

Por Luisa Fernanda Angel
luisaan@gente.com.co