Siguió el camino de Santiago y su vida se transformó

Siguió el camino de Santiago y su vida se transformó

Siguió el camino de Santiago y su vida se transformó

Como signo de agradecimiento Pilar caminó durante 5 días en una de las rutas de peregrinación más importantes de Europa. Conozca su experiencia.


El sonido del bastón abriendo camino entre los charcos de agua y el barro húmedo la hacía olvidar de ese dolor por el que muchas veces pensó que no daría un paso más. Tac-tac-tac… Se escuchaba en medio de un silencio celestial que de pronto era interrumpido por la voz de un peregrino: “Buen viaje”.

Aunque desde hacía tiempo María del Pilar Ramírez sentía que debía hacer un alto en el camino para agradecerles a Dios, a la vida y al universo todas sus bendiciones, no le fue posible cuando lo planeó. Tuvo que esperar un año, hasta que sus rodillas sanaran por completo (después de una fractura y una operación que le dejó 4 tornillos en cada pierna), para emprender ese viaje.

En abril de 2018 se fue para España con Mónica, su hermana, y Diana, su mejor amiga, con el propósito de llegar a la tumba del apóstol Santiago el Mayor, situada en la cripta de la catedral de Santiago de Compostela (en Galicia), para decir gracias, mientras hacía una de las rutas de peregrinación más importantes de Europa.

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Las esperaban 5 días de caminata, unos 117 kilómetros. Empezaron en Sarria, apenas pusieron un pie afuera del hotel se cruzaron con decenas de personas que al igual que ellas cargaban una intención en el corazón; como Pepe, un señor de 68 años que llevaba 800 kilómetros recorridos y que las acompañó hasta el final. Lo más significativo para Pilar es que era tocayo de su hijo.

Los peregrinos dejaban montículos de piedras en el camino. Las paredes y el piso estaban llenos de conchas y flechas amarillas recordando los kilómetros que las distanciaba de Santiago, “símbolos del camino que se convirtieron en nuestros compañeros infaltables. La ruta estaba marcada, y nuestros primeros pasos ya eran una realidad”. Ese tramo lo dedicó a su familia.

Al día siguiente arrancaron de Puertomarín. La lluvia no paraba, el piso estaba lleno de pantano. La chaqueta, los guantes y el gorro no calmaban el frío. No importaba, ese trayecto iba en agradecimiento por su vida. Recordó toda la gente que le ayudó, bendijo al exjefe de su mamá que le regaló el primer semestre de Comunicación Social en la UPB, al entrenador de gimnasia que la formó como persona y a quienes le calmaron el hambre cuando en su casa no había mercado. Mientras tanto, el camino le iba hablando. Por fin llegaron a Palas de Rey.

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Al tercer día su propósito era caminar por el amor de su vida, su esposo. Salieron de noche para Arzúa, a 0 °C, y tuvieron que usar linternas en la cabeza. Esa es la etapa más larga, 29 kilómetros que los peregrinos llaman “la rompepiernas” por sus abundantes cuestas y bajadas.

La intención de la cuarta caminata era su futuro. La meta era arribar a O Pedrouzo, pero cuando llegaron al pueblo se dieron cuenta de que su hotel quedaba a 10 kilómetros de ahí, en Santiago de Compostela, y aunque llovía y el cansancio en el cuerpo ya se notaba, cargaron fuerzas y decidieron continuar para llegar al otro día a la misa de 12:00 m.

Ese último día Pilar estaba caminando por Dios. Al recordarlo a Pilar se le quebranta la voz. La ansiedad y la alegría inundaron su cuerpo. El frío era mucho, pero comenzaron la ruta con un espléndido amanecer. Esa era su recompensa. Al fondo, Santiago de Compostela, sus pasaportes ya tenían todos los sellos, oficialmente eran unas peregrinas.

“Y por fin… Ante nuestros ojos: la Catedral. Habíamos llegado. Era el final de esta aventura. Y el comienzo de un nuevo camino. Nuevo porque te cambia realmente la vida. Te replantea y ratifica cosas, te llena el alma, te enseña… Descargué mi equipaje literalmente y me senté en un escalón. Algún turista, cuyo rostro no olvidaré, de manera espontánea aplaudió al vernos. Nos dio la bienvenida. Nos recordó, sin conocernos, que teníamos mérito para estar con el corazón rebosando de felicidad. Respiré profundo y no pude evitar llorar”.

Por Dafna Vásquez
dafnav@gente.com.co