Bosques de Zúñiga, la urbanización que le abrió paso al barrio

Bosques de Zúñiga, la urbanización que le abrió paso al barrio

Bosques de Zúñiga, la urbanización que le abrió paso al barrio

Pocos, como Alberto Arango, conocen la historia del barrio de Envigado Bosques de Zúñiga. Con él la reconstruimos para compartirla con nuestros lectores.

De una islita con forma de urbanización a una gran isla como Manhattan. Así fue el cambio de ese barrio que vio nacer y crecer don Alberto Arango, y que no debería ser un barrio.

(Pero vamos por partes). Como una islita asumía el arquitecto el lugar que hoy conocemos como Bosques de Zúñiga, cuando en la década de los 70 empezó a levantarse en Envigado un proyecto residencial rodeado solamente por el río Medellín y las quebradas La Zúñiga y La Ayurá. Por eso su relación con un terreno rodeado por agua.

Y no debería ser barrio porque, según explica, los planos aprobados por el Departamento Administrativo de Valorización de Envigado, mediante acta N.° 006 de marzo 18 de 1971, fueron para la Urbanización Bosques de Zúñiga. No para el denso Manhattan que él hoy contempla, en el que los grandes lotes para grandes casas se fueron convirtiendo con los años en altos edificios.

Sin embargo, el hoy barrio —como buen barrio, con parroquia y comercio— todavía encierra magia entre sus límites arborizados, y don Alberto lo sabe. En la sala de su actual vivienda, en el barrio El Poblado, de Medellín, comparte la historia de ese bosque en crecimiento (pocos como él la conocen) y cuenta por qué ya no es su casa.

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El paseadero que se volvió hogar
A Envigado lo relaciona con su niñez y con un hecho en particular: él recuerda que para entrar al municipio solo se podía por la carretera que lo conectaba con Medellín; esa que hoy conocemos como carrera 43A o avenida El Poblado y que lleva el nombre de Fernando González. Acá venía de visita con su familia, a jugar alrededor de viejas casas de pueblo y a comer buena morcilla.

Siempre llamaron su atención las 2 enormes fincas que daban la bienvenida. Justo en el límite con Medellín, a mano derecha en sentido norte-sur hacia Envigado, estaban las propiedades de los hermanos Echavarría. Ambas iban de la actual av. Fernando González a la orilla del río (no existía todavía la avenida Las Vegas). La de Norman estaba del lado de Envigado (donde hoy está la parroquia La Niña María) y la de su hermano, Elkin, en Medellín (allí está actualmente Sao Paulo). Los 2 predios se comunicaban con un puente por el que debajo pasaba La Zúñiga.

Pero a nuestra ciudad llegó siendo adulto, en compañía de su esposa, Hilda Azcárate, y 2 de sus 3 hijas (la tercera nació en ese nuevo destino). Lo hizo después de buscar en diferentes lugares y no dar con un sitio amplio (toda su vida fue de casas grandes, solo una vez vivió en un espacio reducido), y fue gracias a su pareja. Don Alberto iba a negociar un lote de 80 m2 (para pagar de contado a 80.000 pesos), pero doña Hilda le llevó un folleto de la firma de propiedad raíz Escobar Álvarez y él eligió un gran lote de 612 m2 (para pagar a plazo, entre 3 y 4 años, a 230.000 pesos).

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La ventaja de ser arquitecto. El señor la diseñó a su gusto, con detalles pensados para sus seres queridos, incluyendo varios de seguridad. Por eso desde la fachada, sin grandes ventanas, no era posible ver el interior de la casa.

Dicho líneas atrás, los planos fueron aprobados en 1971, ellos empezaron a pagar en 1973 y se mudaron el 4 de agosto de 1975. Solo había 3 viviendas, pero esas fueron construidas por la firma, como casas modelo, así que la suya iba a ser única.

Solo residencias de un piso
Don Alberto recuerda de esos primeros días del vividero de sus amores lo grandes que eran los lotes (en ellos se edificaron casas de hasta más de 800 m2 y calcula que la más pequeña midió 550 m2). El suyo estaba ubicado en la calle 20 sur con 45.

“Eran tan grandes los lotes, que tenían antejardines de hasta 5 metros y había que dejar retiros entre las residencias (tanto a la vía pública, como por las quebradas, y una zona de retiro cada 2 casas). Por normas de planeación, solo permitían viviendas de un piso“, menciona.

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Era la época linda, asegura con nostalgia, pues, así se haya ido, nunca le perdió el cariño al sector, a su gente de años atrás y a su casa, claro está. Y era linda gracias a esas construcciones que iban llegando al estilo de barrio de época (las compara con las viejas casonas del barrio medellinense Laureles), y gracias también al ambiente vecinal: “Todos nos conocíamos, los hijos jugaban en las calles e iban de una casa a otra sin problema, sin temores”.

Pero a esa tranquilidad le llegó su pero, y la urbanización en la que invirtieron empezó a perder su esencia. Sobre esto, asegura el señor, “a Bosques de Zúñiga hoy lo llaman barrio, pero era una urbanización construida en el sector conocido como Zúñiga (arriba, hasta Los Benedictinos). Era eso: una urbanización, sin comercio, parques ni iglesia y fue convertida en barrio arbitrariamente“. No es que esté en contra de alguno de los mencionados, es solo que eso no fue lo que compró.

Además, con tristeza habla de cómo unos 10 a 15 años de vivir allí la mafia tocó su sector, con la llegada de personas que llevaban otro ritmo de vida y tenían costumbres excéntricas, con casas más que ostentosas y con la presencia de armas y los eventuales sonidos de disparos.

A esto le suma las primeras desapariciones de zonas verdes de la urbanización y la invasión del cauce de la quebrada La Zúñiga para construir sobre él. Así como algunos hechos de la década de los 80, cuando se permitió, “infringiendo las normas, la construcción de los primeros edificios en altura y la ubicación de otras actividades distintas a vivienda, como preescolares, restaurantes, oficinas, industria y servicios. Y se inició la construcción del templo”.

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Con tanto cambio y movimiento empezó a llegar gente nueva, gente de paso. El nuevo barrio era atravesado por diferentes personas y don Alberto empezó a percibir inseguridad, supo de varios casos y estos se fueron sumando a un listado de inconformidades. Era hora de irse y así llevarse lo mejor, de nada servía salir disgustado del sitio que soñó y al que por 35 años disfrutó.

La evolución del lugar no iba con él y su familia. Dejó, entonces, su urbanización y siguió viendo de lejos su crecimiento como barrio. Hoy de ella rescata su iglesia, lo arborizados que son todos los rincones (como primeros habitantes fueron muchos los individuos que sembraron) y la integración y el liderazgo de los vecinos, que hasta hoy buscan permanentemente soluciones a esas dificultades que los aquejan.

Aunque le dio duro despedirse de la que fue una gran urbanización boscosa, el arquitecto Arango sigue siendo recordado como fundador y pieza clave en su defensa. Quiere el barrio que ve hoy y desde su nuevo lugar (tranquilo y silencioso) vive pendiente de su gente y de su desarrollo.

Por Luisa Fernanda Angel
luisaan@gente.com.co