Café cultivado en las montañas de Belén

Café cultivado en las montañas de Belén

Café cultivado en las montañas de Belén

Una finca en Rodeo Alto, en el suroccidente de Medellín, alberga un cultivo de 60.000 árboles de este grano. Los dueños planean convertirla en ecoparque.

Cualquiera que dé un paseo por el sector hoy es Rodeo Alto difícilmente creerá que alguna vez la zona fue parte de una finca cafetera. Pero la prueba de ello está a escasos 5 minutos en carro de la urbanización Atavanza, por una carretera enrielada que empieza donde se acaba el pavimento de la carrera 82.

Allí se encuentra la finca la Capilla del Rosario, un lote de 45 hectáreas en las que se encuentran 60.000 árboles de café y una casona de aproximadamente 100 años de antigüedad. Ese lote y el predio contiguo, que se llamó La Emilia, los compró hace 3 décadas el señor Óscar Posada y luego de su muerte, un par de años más tarde, pasaron a nombre de la familia.

Lo que siguió fue vender para urbanizar, por eso en un momento quisieron llamar al sector Loma de Los Posada. Sin embargo, el Plan de Ordenamiento Territorial declaró que el sitio donde se encuentra la Capilla del Rosario debía conservarse.

La historia la cuenta José David Posada, sobrino de Óscar, desde el corredor de la casa ubicada a 1850 msnm (metros sobre el nivel del mar). Mientras tanto, los rayos del sol comienzan a despejar una vista panorámica de la ciudad antecedida por cafetales.

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De acuerdo con él, al principio se contaban en ambos terrenos 450.000 palos de café. Don Óscar tenía lombricultivos y todo un sistema para el procesamiento del grano, que incluía una estructura para el beneficio, que es donde se despulpa, se fermenta, se lava y se seca el café.

El cultivo servía además para delimitar el predio, porque al encontrarse en medio de la vereda El Reposo, El Manzanillo y el barrio Belén Rincón, solían llegar personas para construir viviendas de invasión.

“Pasó el tiempo y la finca nos estaba desangrando con los impuestos, porque además todavía quedan 12 hectáreas de La Emilia, entonces le propuse a mi papá —Flavio Posada— que hiciéramos algo respecto al café”, comenta el joven de 26 años. Él se imaginó un proyecto de ecoturismo, que era una de las posibilidades que cabía dentro de la norma, pero antes decidió aprender más sobre el grano nacional.

El primer paso fue entonces que José David terminara las carreras que estaba estudiando (Administración de Empresas, en Eafit, y Gastronomía, en el Instituto Superior Mariano Moreno) y después comenzó a apasionarse con el café.

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Entendió, por ejemplo, que debía restaurar su cultivo, porque para aumentar la productividad hay que podar los árboles cada 4 o 5 años, y después de la segunda o tercera vez, hay que volver a plantar. Pero en la Capilla había árboles de 25 años que nunca habían pasado por este procedimiento.

Aprendió también que el café no viene de un solo árbol, sino que hay distintas variedades, por eso en su finca ahora se siembra bourbon, pajarito, Colombia y castillo. Con la particularidad de que hay plantaciones desde los 1600 msnm, lo que le permite un rango más amplio en sabores y le da la posibilidad tener cosecha la mayor parte del año.

Este fenómeno, según Posada, se da porque las distintas alturas influyen en los tiempos de maduración del grano. Entre más alto, más se demora en pasar a la taza y más tiempo tiene la semilla para absorber el dulzor del mucílago. Por eso en su finca suelen alargarse los tiempos de traviesa (cosecha entre abril y junio, que es de menor volumen) y los de la cosecha mayor (entre septiembre y diciembre).

José David asegura que en el mundo del café ha encontrado infinidad de datos impresionantes, pero también se ha dado cuenta de que es un círculo pequeño. Juan Felipe Jaimes, dueño del café Lavaive, es quien lo ha guiado para conocer a cafeteros, tostadores, baristas y catadores de la ciudad.

Eso le ha ayudado a identificar la posibilidad de tener su propia marca de café especial, pero para eso sabe que antes debe estandarizar su producto. En eso le ayudará el curso de catación que está viendo en el Sena, con el que ha aprendido a probar puntos de madurez y las variedades del grano.

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Al café se le madruga
La actividad en la Capilla del Rosario comienza desde las 6:00 de la mañana, cuando se acercan los primeros recolectores de café (vecinos de la zona), para pedir trabajo. Allí Darío Castañeda los va guiando por las líneas de los cafetales.

El número de empleados depende de la cosecha, en traviesa pueden ser 8 recolectores y en la mayor, hasta 30. Recogen el tiempo que quieran, se les paga cada viernes ($ 500 por kilo), y al final de la tarde se pesa el café. Los granos bajan por un tubo llamado cafeducto hasta el beneficio, donde se les quita la cáscara, se lavan para quitarles el mucílago y se dejan fermentando unas 30 horas. Este proceso, en tiempos de cosecha mayor, se hace todos los días desde las 4:00 de la tarde.

Luego pasa a unas marquesinas para el secado o se introducen en hornos (en la Capilla del Rosario hay 3) para acelerar el proceso. José David prefiere el manual, porque permite estar más pendiente del porcentaje de humedad en el café. Después se entregan los granos en pergamino a un mayorista que lo vende a trilladores.

Para este joven caficultor una buena taza de café depende del gusto, hay quienes la prefieren de categoría especial, otros que eligen la de greca y algunos que se van por la endulzada con panela, tal como la que bebimos esa mañana en su finca.

Todo depende de la historia que hay detrás, por eso José David no pierde de vista la idea de consolidar en su finca un parque del café, en el que la gente pueda conocer el proceso del grano, desde la germinación de la semilla hasta la recolección, el beneficio, el tueste y su llegada a la taza.

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Por Jessica Serna Sierra
jessicas@gente.com.co