Ellas ganaron el mundial de robótica

Ellas ganaron el mundial de robótica

Ellas ganaron el mundial de robótica

Jóvenes apoyadas por la fundación Marina Orth, del barrio Estadio (de Medellín), ganaron para Colombia el primer lugar en el concurso mundial de robótica RoboRAVE 2018.

Se hacen llamar Little Engineers, un apelativo que habla mucho de sus sueños, pero también de su dedicación y de las incontables horas de entrenamiento y aprendizaje que tuvieron que atravesar. Determinación y tesón que las llevaron a convertirse en las campeonas mundiales de la categoría middle school, del RoboRAVE 2018, que se llevó a cabo el 10 y 11 de mayo pasados en Albuquerque, Estados Unidos.

Susana Sánchez, Susana Ocampo y Paulina Cerón, estudiantes de sexto grado de la I. E. Santa Juana de Lestonnac, empezaron a recorrer este camino cuando, con el apoyo de la Fundación Marina Orth, invirtieron toda su curiosidad y su creatividad en el aprendizaje sobre robótica. Ese impulso les fue útil para alcanzar un segundo lugar en el Torneo Nacional de Robótica e inscribirse en el RoboRAVE.

Pero la meta era ambiciosa. El viaje de ellas y sus docentes entrenadores a Estados Unidos costaba cerca de los 60 millones de pesos. Ahora sus sueños tenían un precio y ellas no tenían idea de cómo pagarlo.

Como reseñó Gente Laureles el pasado febrero, las Little Engineers acudieron a familiares y amigos y con la ayuda de la Fundación también tocaron puertas en la empresa privada. Querían lograrlo, pero el factor económico sumó mucha tensión a las ya de por sí extenuantes jornadas en las que las jóvenes construían el robot seguidor de línea con el que participarían en el campeonato.

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Así por lo menos lo recuerda Susana Sánchez, que describe esos días previos al viaje como “una mezcla de muchos nervios y mucha felicidad. Eran días muy estresantes porque trabajábamos mucho, pero el robot ni siquiera estaba terminado”, al punto en que “tuvimos que extender las jornadas de trabajo, reunirnos los sábados y hasta un festivo”. Susana, en apariencia tímida, pero llena de sensibilidad, expresó que “al principio, como no lográbamos terminar el robot ni solucionar el asunto económico, el viaje no parecía tan real, era como si no nos diéramos cuenta de lo que avanzábamos. Pero ya después las cosas se fueron dando y las fuimos asimilando”.

Para las 3 jóvenes viajar a Albuquerque, la ciudad más poblada del estado de Nuevo México, iba a significar poner por primera vez los pies fuera de Colombia. Por eso se llenaron de ansiedad cuando obtuvieron los recursos y al fin tuvieron en sus manos los tiquetes aéreos. Volar era otra aventura que vivirían por primera vez; 20 horas entre aviones y aeropuertos tenían por delante.

Cuando por fin llegaron a su destino, lo que más le impactó a Susana Ocampo es que Albuquerque “es una ciudad muy tranquila. Estaba en medio del desierto y no se parecía a las otras ciudades de Estados Unidos que habíamos visto desde el aire”.

La pequeña genio de la robótica cuenta que “llegamos el 7 de mayo en la noche y los 2 primeros días pudimos salir y conocer algunos sitios de la ciudad, gracias a la gestión de una colaboradora de la fundación. Visitamos el zoológico, un colegio bilingüe y el Museo de la Ciencia, que fue el que más me gustó porque en pocos minutos le cuentan a uno millones de años de historia”.

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El jueves 10, día en que se dio inicio a la competencia “nos revelaron la pista que debía seguir el robot y nos pareció una locura. No esperábamos un trazado tan complicado. Todo el jueves y viernes estuvimos haciendo ajustes, modificando partes y cambiando la programación. Mientras tanto, íbamos conociendo jóvenes de países como Japón, China, Nigeria, Argentina España y Afganistán”.

El robot tenía que cumplir varias tareas de forma automática. Uno de los principales retos consistía en transportar y depositar unas pelotas. Paulina Cerón identificó “a los japoneses como los mayores rivales. Ellos eran nuestro referente y nuestra meta fue quedar en segundo lugar, después de ellos”.

Por eso, a las Little Engineers las invadió la sorpresa cuando notaron que al equipo japonés no le alcanzó el puntaje para clasificar a la siguiente ronda. “Nosotras estábamos clasificadas, entonces reaccionamos y nos dijimos ‘¿por qué pensar en el segundo lugar si nuestra meta puede ser el primero?’“, contó Paulina.

Y tal fue su determinación, que lo lograron: llegaron al primer lugar. “La felicidad fue absoluta cuando leyeron el puntaje. Somos un equipo femenino y para nosotras fue muy importante demostrar ese empoderamiento y saber que habíamos representado muy bien al país”, destacó Paulina.

Para ellas el sueño no termina aquí. Ahora quieren ir a China para el próximo campeonato. Por eso no hay un día en que dejen de entrenar.

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Por Sergio Andrés Correa
sergioco@gente.com.co