El laboratorio ambiental que funciona en Belén

El laboratorio ambiental que funciona en Belén

El laboratorio ambiental que funciona en Belén

Conozca algunas de las unidades didácticas que lidera la Fundación Cultivos de Amor (Fundacuda) en el antiguo Preventorio de Belén, en Medellín.

En el Aula Ambiental de Belén no solo hay plantas. Una serie de dispositivos tecnológicos y propuestas educativas se encuentran también a la vista de las decenas de estudiantes de colegios y de otras instituciones como el Sena o el ITM, que recorren el lugar para acercarse a la agricultura urbana.

Entre los sembrados de yuca, tomate, cilantro, maíz y frijol, los 15 voluntarios que son parte de la Fundación Cultivos de Amor se han encargado de desarrollar 25 unidades didácticas abiertas a la comunidad, que convierten este lugar en una especie de laboratorio a cielo abierto.

En primer lugar está, por supuesto, la paca digestora desarrollada por el vecino Guillermo Silva, un sistema para transformar los residuos vegetales y de cocina en abono, que consiste en la adaptación de un molde de 1 metro por 1 metro, sin base ni techo, con el cual se prensan los desechos.

Cerca de allí hay una caseta construida con palos de bambú, que en vez de paredes de cemento está rodeada de plásticos negros. Óscar Hoyos, uno de los voluntarios de Fundacuda, explica que ese cuarto es un deshidratador, que alberga en sus estanterías hojas de tabaco, limoncillo y estropajo.

“Si usted pone al sol las plantas aromáticas y las medicinales también se van a deshidratar, pero de esta manera no pierden tantas propiedades”, comenta Hoyos y señala que, siguiendo con la línea ecológica, la iluminación de ese cuarto son botellas de agua instaladas en aberturas en el techo y se les añade un poco de cloro para que no se pudra el líquido.

A las afueras de este sitio hay un dispositivo llamado purificador de agua, que consiste en una lámina de zinc con paredes de icopor, en la que se pueden acomodar botellas de agua lluvia para calentarlas y eliminar sus impurezas. Don Heriberto Pérez, otro de los voluntarios de Fundacuda, dice que este dispositivo está basado en el sistema Sodis (Solar drinking water disinfection), avalado por la Organización Mundial de la Salud, con el cual puede consumirse el agua luego de 6 horas de exposición directa e intensa del sol.

En el aula ambiental, por ejemplo, procesan el líquido que llega desde los tanques de recolección de aguas lluvias, que son otras de las unidades de aprendizaje.

“Todo esto está inventado, nosotros lo que hacemos aquí es que vamos teniendo inquietudes y entre una cosa y la otra vamos aprendiendo”, comenta Heriberto.

Él mismo estuvo encargado de la última adaptación al fogón solar, que consistió en añadirle un espejo en la parte superior para aprovechar los rayos del sol del mediodía, que se estaban perdiendo, de ese modo los rayos se reflejan hacia el fondo del recipiente pintado de negro (este color concentra más el calor), donde se introduce la olla para calentar la comida.

“A este le he sacado 110 grados, pero hay fogones en Francia de grandes dimensiones en los que se pueden fundir metales. Aquí, en los tiempos que sube la temperatura, hemos cocinado sudado de pollo y todo”, agrega el voluntario. En esta unidad de aprovechamiento de la energía del sol también hay una celda solar con la que se genera energía eléctrica para dar funcionamiento a una fuente de agua que se encuentra dentro del mariposario.

Y para hacer una aromática con las plantas recién salidas del deshidratador hay un calentador de agua, que también consiste en una base de zinc pintada de negro, sobre la cual se ubican botellas agua, por medio de una válvula el agua pasa a través de los recipientes calientes y en el camino se sube su temperatura hasta que salga por medio de una llave corriente.

Estos experimentos funcionan con aguas lluvias y para calcularlas el equipo de Fundacuda cuenta con un recipiente cilíndrico que hace las veces de pluviómetro y les sirve para establecer cuántos litros de agua caen por metro cuadrado en todo el terreno del Aula Ambiental.

La asociación también cuenta con un lombricultivo y 2 casas hechas con material aprovechable. Una fue edificada con cemento y botellas pet que se llenaron con residuos de confitería, y la otra, con carcazas de computador. Las 2, conforme explica Óscar Hoyos, están construidas de manera que si están en clima frío, la sensación térmica adentro sea más cálida, y si está en clima caliente, adentro se sienta más fresco.

Este año este espacio comunitario cumple 10 años como huerta, 7 como fundación y 7 también desde su constitución como aula ambiental. Algunas de las unidades didácticas con las que se busca generar conciencia ambiental y conocimiento del entorno también se comercializan, es el caso del abono que se produce con la paca digestora y de algunos de los frutos de la huerta que compran los vecinos del barrio.

“La formación ambiental no es algo de ahora, es de siempre, incluso desde que estamos en el vientre de las madres somos pura naturaleza, aquí tenemos 81 eras y si acaso hay 20 o 30 cultivadas”, asevera Heriberto Pérez, por eso Fundacuda tiene las puertas abiertas a la comunidad no solo para los recorridos por el aula, sino también para que se apropien del espacio como voluntarios.

Por Jessica Serna Sierra
jessicas@gente.com.co