Alimentar el cuerpo y el alma

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Alimentar el cuerpo y el alma

Hace unos años cuando todavía tenía pelo y no habían nacido los enanos, por recomendación de un famoso fotógrafo y sicólogo que va allí constantemente, la flaca y yo nos echamos las mochilas al hombro y nos fuimos a conocer la India. Si no fuera por las narraciones y descripciones épicas de este amigo y su mujer, nunca se me habría ocurrido recorrer medio mundo para ir hasta un país tan misterioso y ajeno a nosotros. Los primeros días del viaje fueron impactantes y nos sentimos bastante desconcertados, pero una vez empezamos a entender y aceptar las diferencias culturales, a descubrir sus paisajes dignos de la imaginación de Scheherazade y los dramas humanos sobrecogedores, nos enamoramos profundamente del país tántrico, al que hemos vuelto varias veces y volveremos muchas más.

No es de extrañar que lo que más me gusta de la India es su gastronomía, reconocida y admirada en todo el universo, particularmente por sus especias: ajíes, mostaza negra, curcuma, alholva, jengibre, coriandro, garam masala, cardamomo, nuez moscada y hasta botones de rosa, son apenas una ligera muestra de lo que se encuentra en los puestos callejeros. Pero el sabor que nos hace volver, imposible de replicar, detrás del cual van miles de personas del mundo entero es el “lassi” del Blue Lassi Shop en Vanranasi, la ciudad sagrada de Shiva, en donde dos personajes que parecen sacados de Aladino preparan una mezcla entre yogurt (curd) y hielo, una especie de malteada con una infinidad de frutas, chocolate, nueces y pistachos. Se dice que se alcanza la liberación espiritual si se va a Varanasi a morir, allí es fácil de morir de dicha, comiendo.

Y esa emoción que siento entre los laberintos indios, la sentí en estos días en Bogotá, cuando una chef amiga me llevó a conocer “Espíritu de tierra”, una tienda de especias, alimentos orgánicos, sales, aceites, aguas, especias, frutos secos, chocolates finos, mieles puras, tés, jabones artesanales, aromaterapia, péndulos y cristales, entre otros, que llevan al paraíso por igual a esotéricos, veganos, ambientalistas y por supuesto a cocineros aficionados y profesionales. Pero mejor aun que la variedad de su oferta, son la sonrisa, calidez y carisma de Sara Valencia su dueña, una mujer hermosa en todo el sentido de la palabra, llena de amor y sabiduría, experta en ayurveda, otras ciencias y menjurjes, que lo guiará en ese viaje fantástico de aromas, texturas y sabores, con el que busca mejorar su vida “a nivel emocional, mental, físico y espiritual”.

Lo mejor de la historia, lo que es el destino, es que allí me enteré que Sara y su tienda son de Medellín y el negocio original está en el mall Indiana en donde atiende personalmente su mamá, con igual sabiduría y dulzura. Si no puede ir hasta allá los puede buscar por internet en donde tienen un completo catálogo.  Cuando llevé a mi flaca al de Las Palmas compramos llenos de emoción: chachafruto en polvo, cebada perlada, cous cous, dátiles, cúrcuma, bayas de enebro, amalaki y azafrán auténtico del mejor.

Espíritu de Tierra es de esos negocios que solo están escondidos en ciudades como San Francisco, Varanasi, Londres, New York o París. Un placer para el cuerpo y para el alma, para ir si se está triste, feliz o si se tienen ganas, como las que yo mantengo, de cocinar con los mejores ingredientes del mundo. Mi flaquita ya no sale de allá y siempre me trae algún regalito para que le cocine, toda bobita ella. Sara alegras nuestra vida, ojalá hubiera más gente como tú. Flaca, te amo.