De las calles de Laureles a las aguas de Gorgona

De las calles de Laureles a las aguas de Gorgona

De las calles de Laureles a las aguas de Gorgona

Bucear en el Pacífico colombiano fue una experiencia transformadora para un vecino de Laureles (Medellín). Usted también puede aprender.

El recuerdo de la voz de su hermano, ya fallecido, repitiéndole constantemente “uno no se puede morir sin bucear”, le quedó a Andrés Camilo Zuluaga retumbando en la cabeza por varios años. Pero fue solo hasta que se reencontró con una vieja amiga que no veía hacía mucho tiempo, que este habitante del barrio Laureles se motivó a ponerse las aletas.

“Un día decidimos ir a tomarnos un café, y ella me contó que había escuchado información y estaba haciendo un curso de pulmón libre; me animé y esa fue la entrada. Empecé por pulmón libre, que es sin tanques, después hice buceo y ya luego buceo avanzado. Ahí vamos”, expresó.

Para Andrés Camilo entrar al agua es conectarse con otro universo. O por lo menos eso es lo que se deduce del entusiasmo con el que describe cada experiencia de inmersión que ha tenido. Por eso viajar a Gorgona, actividad culmen para certificarse como buzo avanzado, le despertó especial interés. Ya él tenía experiencia, había hecho pulmón libre en Tintipán, un curso de vida marina en Providencia y había buceado en Islas del Rosario y San Andrés, pero Gorgona era Gorgona, porque “la aventura empieza desde la misma forma de llegar allá”.

Primero, un avión hasta Palmira; luego, un bus hasta Buenaventura y de ahí, un recorrido nocturno de 12 horas en barco hasta llegar a la isla. Un recorrido sin duda agotador, pero cualquier cansancio quedó atrás al amanecer, cuando aún en el barco, Andrés Camilo y sus 28 compañeros de viaje divisaron la primera ballena. “En la madrugada uno escuchaba a la gente gritando y al principio me preguntaba qué había pasado, pero luego escuchaba que decían ‘ballena a babor’ y claro, uno sale todo emocionado”, expresó el vecino.

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Y aunque las ballenas no son el único “regalo del mar”, como llaman los buzos a las especies que logran avistar, sí fueron para Andrés Camilo el más emocionante: “Uno de los días íbamos a hacer una inmersión en un lugar al que llaman La Tiburonera, porque usualmente hay tiburones. Sin embargo la visibilidad no estaba muy buena porque eran cerca de las 5 de la tarde y nos sumergimos en un punto en que no debíamos, entonces no pudimos ver nada. Salimos muy aburridos, pero más o menos a 100 metros saltó una ballena, eso es relativamente cerca y luego, a unos 30 metros ¡salieron a respirar la ballena y su ballenato! Hubo un momento en que nos entusiasmamos y pudimos tirarnos a caretear y nadar cerca de ellos”.

Ese día, junto a Andrés Camilo, estaba la envigadeña Angélica Gutiérrez. Ella, que también había viajado para certificarse como buzo avanzado, destacó que en cada viaje de inmersión “para las personas que buceamos, llegar al lugar es una experiencias única, eso es amor porque uno está a la expectativa de qué animales nuevos se van a ver”.

Tiburones aletiblancos, tiburones ballena, morenas, pargos, tortugas marinas, rayas, mantas, cirujanos y cardúmenes de jureles fueron solo algunos de los regalos del mar que completaron la experiencia en Gorgona y que hacen que hoy Angélica recuerde la isla como “un lugar encantador. Ver los cardúmenes, los peces, la biodiversidad terrestre y acuática era algo sobrecogedor. Para un buzo el entorno puede ser un poco complicado por las corrientes marinas, pero, por fortuna, en esta experiencia casi no hubo”.

Y más allá de los animales que pudieron observar, tanto Andrés Camilo como Angélica reconocieron que el aspecto más transformador del viaje fue compartir con personas casi desconocidas. “Uno se encuentra con gente con profesiones muy diferentes, pero todos al final están enamorados del mar. Y eso es una energía que se siente y yo no te sabría explicar. Lo que uno logra ver sale emocionado a compartirlo con otros”, expresó él. “Uno conoce a las personas desde antes del viaje y está con ellos durante un tiempo, pero cuando uno llega allá, desarrolla una amistad muy fuerte. Al regresar, hemos hecho planes juntos y los lazos se han fortalecido mucho”, añadió ella.

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Puede parecer complicado o incluso costoso aprender a bucear cuando se vive lejos del mar, pero como explica Andrés Camilo, “el costo es relativo y, cuando quieres hacer las cosas, encuentras la manera. En Medellín los cursos los ofrecen varias academias y practicas en piscina. En pulmón libre solo se necesita tener el equipo básico, que es esnórquel, careta y aletas. Es una inversión de unos $ 400.000, pero que va a durar muchos años. Y para inmersión no se necesita comprar nada más, porque te alquilan el resto. Claro, hay que asumir los costos de los viajes, porque no vivimos en la costa, pero yo creo que depende de la forma que uno lo haga puede reducir costos. Por eso nosotros hicimos el recorrido vía Buenaventura y no por Guapi, porque tocaba tomar una avioneta adicional”.

Angélica, por su parte, argumenta que los cursos que ofrecen en Medellín pueden ser incluso más completos que algunos de la oferta existente en ciudades costeras: “Mucha gente que no vive en la costa viaja a hacer cursos rápidos en Bahía Solano o San Andrés, pero eso no da la experiencia necesaria ni se alcanza a aprender todo lo que se necesita saber. Por lo contrario, los cursos de acá son muy completos, porque primero te forman con un componente teórico y luego vas a la práctica”.

Por Sergio Andrés Correa
sergioco@gente.com.co