Así controlan las aves en el aeropuerto Olaya Herrera

Así controlan las aves en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín

Así controlan las aves en el aeropuerto Olaya Herrera

Oficiales de peligro aviar controlan la presencia de pájaros en la pista para evitar accidentes. Aeromodelos, pirotecnia y hasta un perro son algunas de sus estrategias.

Cuando cesa la lluvia en el aeropuerto Enrique Olaya Herrera comienza a oírse el cantar de los alcaravanes. Llegan en busca de los encharcamientos que se forman en las explanadas verdes de la pista, los mismos que también les resultan atractivos en el clima cálido, cuando las corrientes de aire les facilitan el vuelo.

Esa es solo una de las especies de aves que pueden observarse allí. También es común ver tórtolas, garzas, tiránidos y hasta la imponente ibis negra. El riesgo aparece cuando estos individuos se encuentran con los aviones en sus fases de despegue y aterrizaje. Una colisión podría representar desde pérdidas materiales, como el daño de un motor por ingesta de ave, hasta poner en peligro la vida humana, pues una colisión podría hacer caer un avión.

Vivian Tatiana Flórez, coordinadora del programa de Gestión de Riesgos por Fauna de Airplan (empresa que opera el aeropuerto), dice que mensualmente ocurren impactos y, aunque eliminar ese riesgo es imposible, “hay que ser conscientes de que somos nosotros quienes estamos invadiendo el espacio aéreo y por eso hay que usar las medidas posibles para hacer que las operaciones sean más seguras”.

Teniendo en cuenta que el Olaya Herrera es un aeropuerto ubicado en plena zona urbana, con un promedio de 230 operaciones diarias y bordeado por el caño Papa, las estrategias activas para mitigar el riesgo son 5: el agriláser, la pirotecnia, el cañón de gas, los aeromodelos y una perrita llamada Séneca.

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El agriláser, según explica la coordinadora de Riesgos por Fauna, es un equipo holandés patentado que se adquirió en 2016, tiene un alcance de 2 kilómetros y medio, es poco invasivo y altamente efectivo en días nublados y horarios nocturnos. “Es un haz de luz verde, con él se hace una especie de persecución del animal que uno quiere ahuyentar, se siguen con la luz sin apuntarles directamente a los ojos y ellos asimilan esto como si fuera un predador, entonces salen y se van”.

También están las medidas de pirotécnica controlada, que es especializada solo para uso aeroportuario. De acuerdo con Flórez, Airplan es el que dicta las instrucciones al fabricante dependiendo de las necesidades del sitio en el que se van a usar. Para el Olaya, por ejemplo, se usan unos dispositivos que suelen llamarse tortas, que son ecosonoros expansivos, es decir que, diferente a la pirotecnia conocida comercialmente, esta es más sonora que visual, con lo que se busca afectar en menor medida a las aves.

“Esta tiene 6 tiros y va uno detrás del otro. Se puede direccionar porque tiene una base donde se coloca el dispositivo y uno define hacia dónde quiere que salga dependiendo del tipo de fauna y si se encuentran en bandada, en percha (o sea posadas) o en vuelo”.

Otra medida activa es la del cañón de gas que también emite un sonido para la dispersión y también se usan aeromodelos que son equipos aerodinámicos que se manejan con controles remotos e imitan la forma de las aves rapaces. En el vuelo también se trata de imitarlas y en el momento en los aeromodelos sobrevuelan a las otras aves estas se ahuyentan.

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Todos estos dispositivos los controlan 4 oficiales de peligro aviario de fauna, que son bomberos aeronáuticos especializados en esta actividad. Ellos hacen recorridos por la pista en las camionetas de los inspectores de plataformas, las luces estroboscópicas de estos vehículos y la sirena también sirven de apoyo para la dispersión de las aves.

Los oficiales hacen recorridos preventivos en horarios en los que según estadísticas se ha identificado mayor presencia de aves (6:00 a.m., 8:30 a.m., 10:30 a.m., 2:00 p.m. y 4:00 p.m.) y otras reactivas, cuando las solicitan desde la torre de control o cuando alguien más informa sobre una situación que implique peligro aviario. Y así como se tienen identificadas las horas en las que hay mayor presencia de aves, también se sabe que suelen verse en mayor cantidad durante las épocas migratorias y las de lluvias (marzo-abril y septiembre-octubre).

Según los registros, explica Vivian Flórez, se establecen los planes de acción para ajustar esos cronogramas o para recomendar a las aerolíneas la modificación de sus horarios. Claro que es más común la primera que la segunda, porque no implica costos muy altos.

El espantapájaros de 4 patas
En diciembre de 2016, por uno de los hangares del Olaya entró una perrita negra de unos 7 meses, bien despierta y con “chandigree” original, como dice el oficial Carlos Mario Bedoya, quien trabaja hace 2 años en el control de fauna.

Y es que además de las aves, en la pista del aeropuerto se han visto chuchas, comadrejas, perros y gatos. Pero esta peludita, a la que más tarde llamaron Séneca —como se llamaba una aeronave y también un filósofo— era especial.

“La perrita se capturó y lo que se hace normalmente es que todo esto se remite a las administraciones municipales, en este caso fue el Centro de Bienestar Animal La Perla”, explica Vivian Flórez, pero ellos tienen unas condiciones de sobrepoblación que les impedían asumir la responsabilidad de la perrita, entonces les ayudaron con las vacunas, los purgantes y la estrilización.

A Séneca la tuvieron 20 días en el aeropuerto, mientras buscaban una familia que pudiera adoptarla, pero no la encontraron. Entonces decidieron comenzar un plan piloto para entrenarla en la persecución de aves y ha resultado ser de los métodos más efectivos. “Si por ella fuera saldría hasta 2 y 3 veces al día”, cuenta el oficial Carlos Mario, “pero desgastarla tampoco es la idea”.

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Basta verla para notar que la energía le sobra, pero ya sabe sentarse y ha hecho pruebas de recorrido por la pista con previa autorización de torre. Recibe entrenamiento y su programa de evaluación de avances, 5 meses después de su llegada, ha dado buenos resultados. De hecho, ya se planea replicar la estrategia en los demás aeropuertos que opera Airplan: el José María Córdova, en Rionegro; El Caraño, en Quibdó; Los Garzones, en Montería; el Antonio Roldán Betancur, en Carepa, y el de Las Brujas, en Corozal.

El oficial Bedoya dice que durante el tiempo que lleva desempeñando estas labores en el Olaya no solamente ha aprendido sobre ellas, sino de las formas más convenientes para ahuyentarlas, protegiéndolas a ellas y salvaguardando la operatividad de los aviones. “Por ejemplo, si en toda la cabecera hay 100 ibis negras, yo prefiero dejarlas quietas que alborotarlas y atraerlas a la mitad del aeropuerto, donde tienen más posibilidad de encontrarse con los aviones”.

Lo ideal es combinar las estrategias activas, para que las aves no se acostumbren a ellas y continuar adelantando otras pasivas, como el mantenimiento al césped que no puede permanecer muy alto (se generan espigas en las gramíneas y eso atrae a las aves semilleras) ni muy bajo (atrae a los alcaravanes), o los comités de peligro aviario, que se hacen cada 3 meses y convocan a autoridades ambientales y localidades para ejercer control por fuera del territorio del aeropuerto porque, por ejemplo, los residuos sólidos mal dispuestos son unos de los grandes atrayentes de avifauna.

Nota publicada en la edición impresa del 19/05/17
Por Jessica Serna Sierra
jessicas@gente.com.co