Así vivía Débora Arango en su Casablanca

Así es por dentro la casa de Débora Arango

Así vivía Débora Arango en su Casablanca

Óscar de Jesús Hernández compartió con la artista Débora Arango sus últimos 30 años de vida. Si alguien, aparte de la familia, conoce cada rincón de este mágico, espacio es él. Conozca un poco de Casablanca que juntos recorrimos.

Débora Arango Pérez no comía en el comedor de su casa, al menos no en el de Casablanca, al menos no en sus últimos 30 años. Lo hizo una vez, en una ocasión especial en la que el menú fue paella. El resto de las veces fue en el recibo, donde siempre se sentaba con sus hermanos, Elvira, Lucila y Gilberto, a ver televisión. Así era como disfrutaban su comida.

Hoy no existe el televisor, y en la esquina donde lo ubicaban hay un caballete. Junto a él reposan una paleta, pinturas y pinceles. Están ahí, en una silla, como si la artista los hubiera soltado hace apenas unos días.

La imagen puesta en el caballete no es de ella, pero sí las de las paredes que, al igual que las 2 condecoraciones civiles más importantes que alguien pueda recibir en el país, adornan el cuarto y llevan grabado su nombre. Estas son la Cruz de Boyacá y la Cruz del Congreso de la República.

Allí, mirando las obras de Arango y con la confianza en esta casa que solo alguien como él podría tener, se sienta en una de las sillas (en las de comer y ver televisión) Óscar de Jesús Hernández, la mano derecha de Débora, su fiel compañía en las 3 últimas décadas de su vida, el hombre con el que la suerte nos premió para recorrer los rincones de esta casa envigadeña invadida por el arte, la belleza y la magia.

A Casablanca llegó hace 42 años, cuando él tenía 15, recomendado por Aura y Libia, vecinas que se vieron beneficiadas por Débora, y en agradecimiento a sus favores le recomendaron ese muchacho trabajador, confiable y honesto.

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Al comienzo solo se encargaba de los cuartos de baño y de las obras de arte: aseaba los 3 baños, sacudía los cuadros, teniendo cuidado de no mojarlos y los dejaba con bombillos prendidos todo el día, pues eran óleos. La jardinería vino años después, ella le explicó cómo hacerlo, le colaboraba, le sostenía los costales para los residuos naturales. Hoy él sigue al pie de los jardines, no se aleja de la casa y espera no tener que hacerlo.

Con una sonrisa dibujada a punta de cariño Óscar habla de su rutina junto a esta admirable mujer. La mañana ‘se la quitaba’ ella, pues era él quien la bañaba, vestía y arreglaba (sin importar lo que esto le aterraba en aquella época a su hermana Elvira, ¡cómo un hombre lo iba a hacer!). Y la tarde la dedicaba a asuntos de la casa, aunque otras muchachas se encargaban también de los oficios, entre ellas, Virgelina y Anselma. (Todas estas labores de Hernández fueron desempeñadas antes de que llegara la sobrina de Débora, Cecilia, para hacerse cargo de su cuidado).

Unidos también por la fe
Débora lo eligió entre las demás mujeres que la atendían, porque tenía la fuerza necesaria, le daba confianza al sostenerla. Juntos se sentaban en el corredor de la entrada principal (que ya no es la principal) a ver los agapantos azules y los árboles de ciruela, mandarina, zapote, limón y naranja del patio. Hoy se conserva el corredor, pero ya está unido a un grande y hermoso salón social que ocupa lo que fue antes medio patio. Le sigue la otra mitad de este, con unos cuantos de los árboles y otras plantas con flores, aunque solo un agapanto azul.

En ese corredor hablaban con su ‘amigo de Betania’: “Jesús, amigo de Betania, Jesús amado, ten misericordia de los míos que murieron, de aquellos que volaron a la eternidad en seguimiento tuyo, duermen en paz porque te amaron y porque tú eres infinito en caridad (…)” rezaba su oración.

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La fe fue uno de los sellos de Débora. Aunque Óscar no llegaba muy temprano a Casablanca, pues los hermanos Arango Pérez no eran de mucho madrugar, cuando lo hacía (casi siempre después de las 9 a. m.) la veía persignarse y santiguarse al dejar la cama. Igual era al acostarse.

Su cama era la que estaba en ‘la pieza verde’ (3 habitaciones tiene la casa y las 3 hacen honor a su color. Lo hacen con las paredes y objetos de decoración, aunque antes el piso también lo era, pero por higiene y por el paso del tiempo, los tapetes de colores fueron retirados). ‘La pieza azul’ era donde dormían Lucila y Elvira y ‘la pieza roja’, la de Gilberto.

Al morir Lucila, Débora ocupó su lugar, dejó la verde y se fue a la azul (Óscar acompañó a Lucila hasta el final de su velorio; recuerda que el resto de familiares entraban y salían). Justo en esa habitación —la de las hermanas mujeres y la única con 2 camas— están exhibidos en un armario con vidrios un pequeño radio y una mantilla que le regaló Débora a Hernández, y que él decidió donar a la casa para preservar cada detalle.

De ‘la pieza roja’ se sabe que no era precisamente donde dormía a gusto Gilberto, para esto prefería un pequeño cuarto junto al recibo (en este todavía hay pinceles, carboncillos, pinturas, paletas y mezcladores, dibujos firmados por Arango, enrollados esperando, tal vez, ser colgados).

Cuando murió Gilberto la roja pasó a ser la habitación de huéspedes; en ella, por ejemplo, se quedaba cuando venía de visita Matilde, otra hermana, casada. Hoy en este cuarto, además de obras de la artista (que brillan con luz propia en todos los espacios y que van más allá de la pintura), están sus cepillos de pelo y espejos, así como un baúl que decoró para Anselma. Y en las paredes hay bocetos originales de sus creaciones.

En cuanto a ‘la pieza verde’, si bien fue la suya, allí no murió, ocurrió en la azul, en la cama que también fue la de Lucila. Pero todo lo que hay hoy en la verde era de ella; mucho se conserva igual, intacto.

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Otro rincón muy propio, muy de ella, es la sala principal, su único espacio de recibimiento, al que llegaban amigos (pocos, ella era muy selectiva), concejales y demás personas que durante sus últimos años le otorgaron reconocimientos. En momentos de visitas Óscar colaboraba con las bebidas, pero muchas veces (cuando eran eventos grandes, por ejemplo, entregas de medallas y otros similares) se contrataban meseros.

Muchas son las obras de Arango que decoran la sala (réplicas, eso sí) y varios son también los objetos que sus manos, no solo tesas para dibujar y pintar, dieron forma: adornos de madera, figuritas en cobre y otros materiales, y las cortinas, entre otros.

Hasta la llevaba cargada
A la vista de nadie escapan las imágenes religiosas, las hay por toda la casa. Débora era devota a María Auxiliadora, iba cada martes a Sabaneta con Elvira, y cuando las visitaba Matilde se unía. Luego de que Débora vendiera su Renault 4 blanco acordaron con un taxista para que las llevara.

Volviendo a la devoción de los 2 amigos —siempre presente en estos, sus últimos años junto a Óscar— ambos oraban en un rincón del corredor del patio central, donde hoy hay imágenes religiosas que antes no. Lo que había era una máquina de coser, él se sentaba en el suelo y ella en un taburete; rezaban La palabra diaria (un librito que él conserva), un padrenuestro y ya. Tampoco es que mantuvieran con la camándula en la mano, como dice riendo Óscar.

Treinta años son más que suficientes para consolidar una relación. La amistad de Arango y Hernández era tal, que él la acompañaba también a la peluquería, quedaba a la vuelta de la casa y la llevaba cargada (por más de media cuadra). Después se cansó y la llevaba con taburete para que fuera haciendo pausas y se sentara. Y con el tiempo empezó a utilizar una silla de ruedas, pero lo cierto es que caminaban mucho para que ella hiciera ejercicio.

Óscar terminó motilándola, tinturándole el pelo, arreglándole las uñas y aplicándole las inyecciones (ella le señalaba dónde, eso le daba seguridad a él). Hasta el final la acompañó.

Débora fue la última de los 4 hermanos que partió, cumpliéndole así la promesa a su mamá de despacharlos uno a uno. Hoy, poco más de 12 años después de su muerte, Óscar no puede contener el llanto cuando habla de ese momento. El 4 de diciembre de 2005, a los 98 años, se fue de Casablanca la artista, pero no la amiga de Óscar, no su “guardián en la tierra”, como la llama, no la noble persona que además de protección y respeto le dio una casa en el barrio San José, no ese “ángel que todavía me tiene aquí”.

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Por Luisa Fernanda Angel
luisaan@gente.com.co