Así nació el barrio La Inmaculada, de Envigado

Así nació el barrio La Inmaculada, de Envigado

Y por unos segunditos, solo un par no más (pero fue tan obvio), ese gesto de amabilidad natural y esa sonrisa se cambiaron por un ceño fruncido. Hacerle recordar a don Samuel Ochoa el día en que encontró con su esposa, doña Adela Escobar, la virgen tirada en la calle y rota en 3 pedazos es sacarle su lado jodido. Y sí, este señor atento, conversador, dicharachero y de tan buen humor, lo tiene.

Va a cumplir 88 años (5 menos que su compañera de casi toda la vida), pero recuerda como reciente el capítulo aquel. Ocurrió hace más de 15 años —según sus cálculos y los de su hija Blanca Estela—, los esposos iban caminando a misa de 7 a. m. (cuando eso la parroquia de Las Lomas era una ramadita), rezando el rosario por el camino, como era su costumbre. Y allí la vieron: la imagen con la que le habían dado nombre a su barrio estaba destrozada.
Así nació el barrio La Inmaculada, de Envigado
Así va la cosa: otros 15 a 25 años atrás (mejor dicho, hace 30 a 4 años contando desde hoy) el sector en el que nacieron los 10 hijos de los Ochoa Escobar y en el que cerca de ellos vivían como mucho unos 5 grupos familiares (casi todos, parte de los Quintero) no tenía nombre. Era toda esa zona cercana a las lomas El Chocho, El Atravesado y El Esmeraldal, en la que solo había fincas (de las familias de este matrimonio), las casas de los Quintero —más arriba—, mangas y árboles. Pero cómo era que no tenía nombre, se estaba creciendo y no lo bautizaban, eso no podía ser.

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Así que doña Adela se puso en la tarea. Reunió no solo a la gente, sino la plata necesaria para su idea: quería que el nombre lo reforzara una imagen para darle cara al sector y, como es tan consagrada a la Virgen, quiso que fuera mariana. El párroco de la época, padre Mauricio Molina, estuvo de acuerdo y la acompañó al centro de Medellín, allá eligió una de La Inmaculada. Lista la figura y listo el nombre del barrio, quién iba a pensarlo.

A los vecinos les gustó. La montaron en un pedestal de madera, un banquito al aire libre donde todos se detenían para saludarla, agradecerle y pedirle. Así permaneció hasta la mañana que todavía daña el humor de don Samuel. La cara de la virgen quedó intacta, sin un rasguño, pero había que cambiarla, todo lo demás se dañó. El señor Ochoa recuerda que en la misa el padre Molina estaba más furioso que él y no se lo ocultó a nadie. Arriesgándose a un regaño (aunque comprendía como nadie la rabia y la compartía) se le acercó al final para pedirle que le dejara llevarse la figura. Sin dudarlo se la dio, y don Samuel la amarró a una ventana de su casa con cabuya.
Así nació el barrio La Inmaculada, de Envigado
Aún admirándola allí donde estaba, una de sus cuñadas le propuso una mejora, un lugar más digno. Y, además, se ofreció para pagar los materiales y la mano de obra que requería su restauración. Contrataron a un escultor, pero no convenció, y la tarea le fue encomendada a su ya mencionada hija, Blanca Estela, a quien una hermana la había matriculado en clases de pintura y escultura. Sin mucha experiencia se le midió y salvó a esa primera Inmaculada. De la ventana pasó al antejardín y la ensamblaron en una casita con techo y piso, que con los días fue inspirando el lugar de la virgen que la reemplazaría en el barrio, porque ¿cómo dejar a este sector sin patrona y sin razón de su nombre?

Mientras la caída estrenaba hogar, en el pedestal solitario la comunidad ubicó otra virgen (de la misma advocación, claro). Esta vez la base fue de cemento y también tuvo techo propio. Hace poco un líder comunitario y la JAC propusieron organizarla aún más, pidiendo al Municipio la ayuda necesaria para un proyecto que resultó aprobando Planeación. Hoy La Inmaculada del sector es una gruta, tiene rejas de protección y bancas que conforman una pequeña capilla junto a la figura. Se reinauguró hace 2 meses y hubo fiesta en el barrio.

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Gran parte de la familia Quintero estuvo allá, así como las nuevas generaciones del sector que fueron llegando con los años y los edificios. Los Ochoa Escobar, en cambio, no pudieron ir. Gozan de salud y energía, pero también es porque prefieren cuidarse mucho en casa. Desde allá —un terreno admirable en el que los 10 hijos también construyeron su espacio y en el que se conservan como la familia más tradicional del lugar— se dieron cuenta de lo bonita que quedó y de lo contenta que estuvo y está la comunidad con su adorada protectora estrenando look. Desde allá siguen disfrutando la tranquilidad de las lomas. Son conscientes de que la ciudad crece y no les molesta. “Nos gusta que lleguen vecinos y les damos la bienvenida. De todos modos la vida para nosotros acá es como si la viéramos desde una urna de cristal: todo cambia, pero nosotros no”, dice Blanca Estela y su papá la respalda con una sonrisa.
Luisa Fernanda Angel
luisaan@gente.com.co