Amé la felicidad de mis hijos en el Parque Norte

Amé la felicidad de mis hijos en el Parque Norte

Otra vez este domingo me atacó la nostalgia y aprovechando que se vislumbraba un hermoso día de sol, empaqué a la familia para un programa que yo no hacía hace varias décadas, más de las que quisiera. Durante el desayuno anuncié: “vamos para el Parque Norte”, a lo que la flaca me miró aterrada pues ni siquiera lo conocía y los enanos se pusieron felices después de saber que era una especie de Disney World a lo paisa. En el camino, pasamos frente al nuevo Parque del río, a esa hora ya repleto de gente aprovechando para hacer deporte, caminar, disfrutar de los nuevos paisajes de la ciudad, elevar cometas, comer copito de nieve o simplemente no hacer nada, que delicia Medellín.

Me acordé de los parques de Buenos Aires, Barcelona, Madrid y del Central Park gringo; ¿qué sería de Nueva York sin el central park? Los espacios de recreación urbanos son demasiado importantes para las ciudades. Siempre tuve mi encontrón cariñoso con la flaca que fue de las que protestó por este del río, pero terminó aceptando que quedó hermoso; por mí que hicieran muchos más parques por toda la ciudad; lo que pasa es que los que critican tanto se van para la finca y nunca lo van a disfrutar. Viste flaquita, pero como no tenemos finca nos fuimos para el parque norte.

Desde la llegada me sorprendí por la belleza de sus árboles, el lago de aguas verdes poblado de garzas, ibis negros y patos, rodeado de iguanas inmensas, varias en celo exhibiendo su inmensa garganta inflable con que enamoran las hembras y por supuesto por la cantidad de gente feliz. Familias numerosas que extienden manteles y arman picnics alrededor del lago. Atracciones mecánicas, unas nuevas, otras no tanto, como el avión con su pintoresco viaje virtual a Cartagena, el mismo rodadero que me tocó cuando no había cambiado de voz, la montaña rusa igualita, que sigue siendo como de ciudad de hierro itinerante de pueblo y los carritos chocones. Vi nuevo, el viaje al centro de la tierra de donde salí emparamado pero muerto de la risa, un canopy sensacional que lo eleva a unos sobre el lago y lo deja caer a toda velocidad, los karts fabulosos en donde me di cuenta cómo están de grandes mis retoños o cómo hemos crecido mi flaca y yo y otras atracciones en las que ellos montaron y yo esperé tomando cafecito porque ya no estoy para ciertos trotes. Pero sin ninguna duda lo mejor, que recorrimos tres veces, fue el paseo por la jungla prehistórica, con bellos árboles nativos antioqueños y dinosaurios descomunales que aterrorizaron a mis enanos con sus muecas mecanizadas.

Como si fuera poco el parque, quién lo dijera, tiene una excelente oferta de comidas en un café rico, varios restaurantes y cafeterías, comida rápida, bufet, obleas, empanadas arepas de huevo y fritos. Nos impresionó mucho y aunque me comprometí a solo hablar de cosas buenas en esta nota, la atención perversa en varios de estos negocios, no en todos, por jóvenes que brillaban por su antipatía, carentes de amabilidad que difícilmente levantaban su cabeza del chat; yo jamás permitiría que gente a la que le estoy pagando un sueldo se la pase chateando en vez de estar pendiente de atender a los clientes. ¿Eso lo paga el municipio? Que vergüenza con los turistas.

Sería rico que montaran puestos de dulces, algodón de azúcar, copitos de nieve, solteritas, gauchos y la rica oferta callejera de mecato paisa. Volveremos muchas veces. Mis hijos gozaron y se rieron como locos y eso es lo que me hace más feliz en la vida, como el primer café de la mañana mirando a mi flaca.