“La agresión a la mujer está en el corazón de la cultura”

Violencia hacia la mujer en Envigado no es solo un asunto de género

“La agresión a la mujer está en el corazón de la cultura”

Desde un comentario sutil hasta causar la muerte, la violencia contra la mujer está presente en la cotidianidad. Gente consultó con una analista experta en género, para entender la raíz del problema.

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Hay más de una razón por la que las manifestaciones de violencia contra la mujer siguen ocurriendo, a pesar de los esfuerzos colectivos, las campañas pedagógicas y la legislación.

Así lo explicó en conversación con Gente la magíster en Ciencias Sociales e investigadora de asuntos de género, mujer y violencia, Ángela María Jaramillo, que además es docente y directora del Departamento de Psicoanálisis de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia.

¿De qué manera el acoso contra la mujer se considera violencia?
“El acoso es una expresión de violencia, pero hay diferencias. El acoso es un hostigamiento y no necesariamente tiene como efecto un daño corporal, aunque tiene un efecto psicológico importante: la mujer acosada se siente vulnerable y expuesta a un riesgo cada que vive una situación en la que el acosador hace presencia. La violencia, en ocasiones, supone un drástico daño psicológico y también daño físico dependiendo de la modalidad. El acoso es una expresión de violencia, pero no es la única forma de violentar a las mujeres”.

¿Por qué las agresiones siguen ocurriendo, a pesar de los esfuerzos que se hacen por contrarrestarlas?
“Porque la violencia es un efecto de un sistema de representaciones colectivas que legitiman actos cotidianos, que inclusive muchas mujeres consideran normales. Por ejemplo, hay algunas mujeres que consideran normal ser objeto de piropos obscenos, de comentarios excesivos, dirigidos de manera exclusiva a algunas partes del cuerpo consideradas particularmente eróticas y ellas no se sienten ni afectadas ni ofendidas ni violentadas. Pero si uno hace un análisis de las consecuencias, a lo que conducen esos actos es a una degradación del ser femenino, y por ese efecto se puede concebir que es una expresión sutil de la violencia. Por eso uno puede considerar que la violencia es todo aquel acto o gesto o dicho o palabra o actitud que tiene la intención de menoscabar y de degradar el ser del otro, en este caso, el ser de las mujeres”.

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Si se naturaliza o se consiente la agresión, ¿cómo se comprenden sus consecuencias?
“Los efectos son contundentes, por ejemplo, la desautorización en la propia palabra y en el propio ser. Pero tenemos que partir de un presupuesto: la cultura occidental se sostiene en un sistema de representaciones colectivas que tienen como fundamento la exclusión y el menosprecio de uno de los sexos, dándole el poder al otro, y que se denomina sistema patriarcal. En este caso, las mujeres resultan subordinadas y menospreciadas a favor de los hombres. Y con ese sistema todos los seres humanos que habitamos Occidente somos criados, socializados y así naturalizamos acciones que terminan dañando a quienes se consideran inferiores y que paradójicamente se les nombra minorías. Y digo paradójicamente porque las mujeres no somos minoría, somos poco más de la mitad de la población mundial. Se llama minoría a todos aquellos que son considerados inferiores, excluidos y menoscabados no porque sean menos en número”.

Entonces, ¿cómo llegamos a este punto de naturalizar la violencia?
“Si usted me pregunta cómo hemos llegado hasta este punto, es como si hubiéramos estado bien en algún momento y llegamos a estar mal, y la cosa no es que hayamos estado bien en algún momento. El caso es que a las niñas, desde antes de nacer, se les localiza en una serie de representaciones que se traducen en actos sociales, en pensamientos, en sentimientos, en prejuicios, en toda una mentalidad. Y esa mentalidad soporta acciones que culminan degradando y menospreciando los seres considerados inferiores, que en sí mismo no son inferiores, son diferentes. El problema es cuando la diferencia se traduce en una interpretación que hace que lo diferente, por ser distinto, se le considere inferior. Y por ser considerado inferior, se le excluye. Esto es una cosa que está en el corazón de la cultura y que hombres y mujeres adquieren desde el mismo nacimiento e incluso antes”.

Si admitimos que hay una naturalización de la violencia contra lo diferente, ¿qué se puede hacer para romper ese ciclo?
“Lo más importante es que cada hombre, cada mujer, cada niño, cada niña y cada joven de esta sociedad se interroguen la mentalidad que lo conduce a comportarse de una manera violenta, referida a personas que considere inferiores. La solución de este tipo de problemáticas nunca es colectiva. Si así lo fuera, con la promulgación de los derechos humanos y de los derechos de las mujeres tendríamos. Si fuera una solución colectiva, la promulgación de la Ley 1257, que castiga todas las violencias contra las mujeres, sería suficiente. A pesar de la introducción de los derechos de las mujeres, ellas en cada época son objeto de violencias cada vez más aterradoras: antes se les pegaba y se les recluía en los conventos, ahora se les mata y se les viola”.

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*Nota publicada en nuestra edición impresa del 16/03/18.
Por Redacción Gente
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